| Los
piratas. |
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La
historia de la piratería es casi tan antigua como la historia de la humanidad.
Cuando algunos hombres se dieron cuenta de que podían viajar por el
mar, se volvieron navegantes. Y cuando otros hombres se dieron cuenta de que
podían asaltar a esos navegantes, se volvieron piratas.
Desde
entonces, las playas y los mares de muchas partes del mundo comenzaron a poblarse
de esos personajes que amaban el peligro, odiaban el trabajo y ambicionaban
las riquezas que poseían los demás. Según nos cuenta la historia, el más famoso
y antiguo de los piratas fue un griego, cuyo nombre era Polícrates. Vivía
en la isla de Samos. Allí mandó levantar un hermoso palacio. Y también hizo
construir una gran flota de cien naves de guerra, con la cual asaltaba a otros
barcos que llevaban oro y piedras preciosas.
Otro
famoso pirata de la Antigüedad fue un romano llamado Sexto Pompeyo. Vivía
también en una isla, porque las islas siempre han sido los refugios más seguros
para
los piratas. Pero sucedió que a Sexto Pompeyo se le ocurrió atacar cierta
vez una ciudad muy amada por todos. Entonces el emperador envió un fuerte
ejército contra él, que lo derrotó y le quitó todas sus riquezas.
Pasaron
muchos siglos, y parecía que en el Mar Mediterráneo no habría ya piratas tan
grandes y tan temibles como lo fueron el griego Polícrates y el romano Sexto
Pompeyo. Entonces apareció un joven robusto, de nariz recta y ojos penetrantes
como los de un águila. Venía de Berbería, región ubicada en el norte de África.
Era,pues, un pirata berberisco. Se llamaba Arudj. Pero como nadie podía pronunciar
un nombre tan difícil, y como además tenía rojos los pelos de su barba, todos
lo llamaban Barbarroja.
Este pirata era tan ambicioso y audaz, que se
atrevió una vez a capturar dos naves llenas de preciosas mercancías enviadas
por el Papa de Roma. Los aliados del Papa de Roma se enojaron mucho, y juraron
acabar con Barbarroja. Comenzaron entonces a perseguirlo por mar y tierra.
Y
cuentan los relatos de aquella época que el pirata, para demorar el paso de
sus perseguidores, sembró los caminos de oro y joyas. Mas los perseguidores
no se dejaron engañar, y finalmente lo alcanzaron y lo mataron. Así terminó
Arudj, que era llamado Barbarroja por ser su nombre tan difícil de pronunciar
y por tener rojos los pelos de su barba.
Después
surgieron otros muchos y muy pintorescos piratas. Como los vikingos, que eran
todos rubios y navegaban en barcos con forma de dragón. O como los piratas
chinos, que siempre acechaban las naves enviadas por el Emperador del Japón.
Pero, en realidad, la época de los más grandes y famosos piratas comienza cuando el
navegante Cristóbal
Colón llega a América. A partir de entonces, los conquistadores españoles
empezaron a descubrir en nuestro continente riquezas nunca soñadas.
En
Perú encontraron riquísimas minas repletas de toda clase de metales valiosos.
En México, plata, oro y piedras
preciosas. Y en las islas del Caribe, tierras
fértiles
en las que crecían especias y
otras rarísimas
plantas, como el tabaco,
que los españoles no conocían. Movidos por la curiosidad y la codicia, los
conquistadores trataban de llevarse todas estas riquezas en sus barcos, dentro
del mayor secreto. Pero los piratas siempre se enteraban y atacaban las pesadas
naves cargadas con tan valiosos tesoros. De esta manera, mientras los conquistadores
españoles se apoderaban de las riquezas de América y los piratas se llevaban
las riquezas de los conquistadores españoles.
Pero,
¿de donde salían tantos piratas?
Bueno,
no es tan difícil de averiguar. Al conquistar nuestros territorios, España
se había convertido de la noche a la mañana en el país más grande, más poderoso
y más rico del mundo entero. Los reyes de Francia y de Inglaterra veían con
envidia como España se llevaba riquezas, sin compartirlas con ellos. ¿Cómo
apropiarse de esos tesoros? ¡Con barcos, claro! Pero Francia e Inglaterra
eran dos países pobres en esa época, y no tenían naves propias. Entonces resolvieron
firmar pactos con aquellos capitanes de barcos que, deseosos de aventura y
riqueza, quisieran cruzar el mar y atacar los navíos españoles. A esa forma de viajar se la llamó ir a corso, o sea,
"correr por el mar ". Los capitanes de tales barcos se llamaron
corsarios.
Cuando
los corsarios regresaban de sus correrías, entregaban el botín conquistado
a su rey, y éste les cedía una parte. ¡Y todos contentos! El rey con sus riquezas,
y el corsario con su parte del botín. Pero muy pronto, a algunos corsarios
les resultó muy incómodo zarpar de puertos europeos, cruzar todo el Océano
Atlántico, atacar las naves españolas y regresar nuevamente a Europa. ¡Uf!
¡Era mucho trabajo! Además, les caía de la patada dar una buena parte de lo
conquistado al rey quien, al fin y al cabo, no se arriesgaba en el mar como
lo hacían ellos.
Decidieron
entonces hacerse independientes, vender todo al que mejor pagara y refugiarse
en Jamaica, donde vivían ya por aquel entonces algunos piratas. Y en la famosa
isla de La Tortuga, donde había muchos más. Así, al cabo de cierto tiempo,
en ambas islas acabaron viviendo muchos corsarios y muchos bucaneros, a quienes
se les daba este nombre porque antes de convertirse en piratas se habían dedicado
a cazar animales, cuya carne preparaban de una manera especial que se llamaba
bucan; y muchos filibusteros, palabra de origen holandés que significa "el que va a la captura del botín". Todos
ellos, a pesar de tener nombres tan diferentes, estaban unidos por un oficio:
la piratería.
En
la isla de La Tortuga , todos esos piratas habían formado una república, a
la
que
pusieron por nombre Cofradía de los Hermanos de la Costa. Los piratas vivían
en aquella isla como querían, sin importarles si uno era inglés, el otro francés,
o el de más allá holandés. Allí no había policías, ni jueces, ni cárceles.
Cuando se producía un pleito entre los filibusteros, se retaban a duelo y
se batían con espada o con cuchillo. Al que ganaba la lucha se le daba la
razón y se acabó.
En
la isla de La Tortuga tampoco existía la propiedad privada de la tierra. O
sea que la isla era de todos pero, a la vez, de nadie en particular. Claro
que a los piratas no les interesaba mucho todo esto, porque la verdad es que
eran demasiado comodones para andar preocupándose por averiguar de quienes
eran las cosas. Ellos eran piratas y su vida estaba en el mar, no en la tierra.
Y como les gustaba la aventura y eran muy codiciosos, se pasaban gran parte
de su tiempo planeando cómo iban a apoderarse de los tesoros que transportaban
los barcos que cruzaban el océano. Y también de las riquezas que se guardaban
en las ciudades de la costa, pues, como los piratas tenían espías en todas
partes, sabían perfectamente dónde encontrar el botín más valioso. Por eso
hubo filibusteros que hacían frecuentes incursiones por las costas de Panamá,
adonde llegaban los metales preciosos extraídos de las minas del Perú para
ser embarcados rumbo a España.
Uno
de esos piratas fue el famoso Henry Morgan que, luego de apoderarse de los
depósitos de oro y plata que los españoles escondían en Panamá, abandonó a
sus hombres y regresó a Jamaica.
También
los piratas invadían muy a menudo, lugares de las costas mexicanas, como Acapulco,
para lo cual se tomaban el trabajo de cruzar las selvas de Centroamérica,
camina que te camina durante varios días, hasta que al fin llegaban a las
costas del Pacífico, en donde capturaban barcos con los que continuaban sus
fechorías. Veracruz, que fue atacada muchas veces por piratas holandeses y
franceses. San Juan de Ulúa, el famoso fuerte veracruzano, que fue tomado
por el famoso pirata inglés Juan Hawkins.
Pero
ningún otro puerto de México fue tan asediado como Campeche, invadido en muchísimas
ocasiones por piratas tan famosos como el feroz aventurero llamado "El
Olonés". Y por el filibustero Eduardo Mansvelt, quien al mando de 1200
piratas se apoderó de Campeche, mató a sus defensores, demolió el fuerte y
se adueñó de todo lo valioso que encontró. Pero el pirata más temido allí
fue Lorencillo, que era holandés y había servido al rey de España combatiendo
a... los piratas, precisamente. Parece que, de tanto luchar contra los ladrones
del mar, Lorencillo se "contagió" y decidió probar suerte.
Una
de las empresas más conocidas del temible Lorencillo fue, por cierto, la toma
de Campeche y otros veinte pueblos de la zona. Allí se quedó durante dos meses
como dueño y señor. Y capturó tantos prisioneros y robó tantas joyas y piezas
de plata que, cuando acabó de cargarlos, su barco casi se va a pique. Lorencillo
fue perseguido día y noche por tres fragatas españolas llenas de cañones.
Pero el filibustero esquivó los ataques, arrojó al mar toda la carga para
que la nave fuese más ligera y, aprovechando un viento fuerte, se alejó velozmente.
Después
de estos sucesos, los españoles empezaron a levantar una muralla de ocho metros
de altura alrededor de Campeche. Tardaron muchos años en construirla pero,
cuando estuvo terminada, ningún otro pirata pudo entrar.
La
verdad es que por estos rumbos hubo tantos piratas y tantas historias de piratas,
que podríamos pasarnos días enteros recordando sus aventuras. Algunas eran
muy impresionantes y muy teatrales. Como la del pirata inglés Barbanegra,
que tenía una barba larga y negra, la cual peinaba en trenzas, enrollándoselas
alrededor de las mejillas y de las orejas. Usaba un gorro de pieles cuyo color
era negro, por supuesto. Y cuando subía a bordo de una nave capturada, el
feroz pirata se colocaba cuatro velas encendidas en el ala del sombrero. Con
este aspecto causaba un miedo tremendo a sus prisioneros, que acababan entregándole
todo lo que poseían y contestando a sus preguntas sin ocultar nada.
También
hubo un pirata muy bromista. Se llamaba Juan Lafitte y se creía el amo de
todo el Golfo de México. En cierta ocasión en que el gobernador de Luisiana,
cansado ya de soportar sus piraterías, ofreció una recompensa de 5.000 dólares
por su cabeza, Juan Lafitte respondió ofreciendo 50.000 por la cabeza del
gobernador.
Un
pirata totalmente diferente fue Bartolomé Robert, a quien todos llamaban "El
Bello".
Era corpulento, moreno, guapo. Vestía ropas lujosas, llevaba al cuello una
cadena de oro con una cruz de diamantes y lucía un sombrero ancho con una
pluma roja. Al desembarcar en un pueblo, Bartolomé el Bello hacía desfilar
a sus compañeros por las calles principales. Luego entraba él y se hacía entregar
las llaves de la ciudad, como si en verdad fuese un huésped de honor o un
invitado especial. Finalmente, capturaba a los hombres más fornidos y los
obligaba a convertirse en piratas. Cuando Bartolomé el Bello murió, su cuerpo
vestido de púrpura y encajes fue arrojado al mar. Así lo había ordenado él,
que fue el más elegante de los piratas.
Y
bien, como sucede con todas las cosas de este mundo, llegó un día en que los
piratas empezaron a desaparecer, casi tan rápidamente como habían aparecido.
Para
que tal cosa ocurriera hubo muchas razones. Uno de los motivos fue que la
mayoría de los países del continente americano comenzaron a independizarse,
y España ya no podía llevarse las riquezas en sus barcos. Los piratas se aburrían
enormemente en sus refugios, esperando en vano el paso de los galeones españoles.
Claro
que seguían pasando otras naves con valiosos cargamentos. Pero sucedía que
los tiempos habían cambiado mucho, y ahora esos barcos se movían impulsados
por motores. Y los piratas, cada vez más empobrecidos, sólo tenían barcos
de vela, demasiado lentos para alcanzar a los buques modernos.
Además,
encima cuando los hombres empezaron a usar la comunicación por radio, los
pocos piratas que quedaban en el mundo no podían dar un solo paso sin que
los capitanes de los barcos lo supieran.
Por
otra parte, como todos sabemos, luego se inventaron los aviones, con los cuales
se puede vigilar el mar sin que se escape ni un solo pescadito. Y por último,
empezó a utilizarse el radar, que es un aparato que capta la presencia de
cualquier intruso, con lo que los piratas perdían toda capacidad de sorpresa
para el abordaje.
Bueno,
con todo esto, los piratas tuvieron que abandonar su viejo oficio y ponerse
a trabajar como las demás personas. Y el Mar Caribe con todas sus islas y
el Golfo de México con todas sus costas volvieron a ser como habían sido antes:
Lugares tranquilos en donde las aventuras de los piratas se recuerdan sólo
como algo que sucedió hace mucho, mucho tiempo.
Simbad y su
primer viaje.
En
la lejana ciudad de Bagdad vivía un audaz y pícaro jovencito llamado Simbad.
Como su familia era muy pobre él debía ganarse sus alimentos cargando los
bultos de los ricos. ¡ Qué poca suerte tengo! Se lamentaba un día, cuando
un poderoso señor que pasaba por el lugar le dijo Ven conmigo y yo cambiaré
tu futuro. Simbad lo siguió y llegaron a un impresionante palacio.
Cruzaron
a través de jardines repletos de maravillosas flores hasta entrar a una sala,
donde un criado había puesto una mesa repleta de apetitosas comidas y bebidas
exóticas, alrededor de ella estaban sentadas varias personas, pero una se
destacaba de las demás: un anciano con un atuendo increíblemente lujoso.
El
anciano dijo a Simbad: ¿Ves todo lo
que te rodea? ¿Sabes cómo lo he conseguido? Pues debí correr muchas aventuras
para lograrlo. Si tú quisieras podrías hacer lo mismo. El jovencito no
lo pensó dos veces, al día siguiente sin que nadie lo viera subió a un barco
de mercaderes. Una vez en alta mar los marinos lo descubrieron y furiosos
¡Lo arrojaron al agua! Desesperado nadó y nadó hasta llegar a una isla repleta
de palmeras, el cansancio lo venció y se quedó dormido.
El
viento helado lo despertó, no podía creer lo que sucedía: Un águila lo tenía
apresado en sus garras y lo llevaba a lo alto de una montaña. Cuando estuvieron
en la cima, esperó que el ave se distrajera y se introdujo en una cueva muy
oscura, caminó a ciegas hasta que resbaló por un túnel y cayó en un lugar
increíble: ¡Innumerables monedas de oro, diamantes y esmeraldas cubrían el
suelo!
Simbad llenó sus bolsillos de oro y
piedras preciosas, pero no sabía cómo volver a casa, entonces, encontró una
gran ave subió sobre ella y logró llegar a su
hogar, donde fue recibido con gran alegría.
Tanto
le gustó a Simbad su aventura, que este sería el primero de una
larga cantidad
de viajes.
Emilio Salgari:
El tigre de Verona
Fernando Santullo BarrioSalgari sentía
una profunda antipatía por la llamada literatura juvenil de su época, a la
que hallaba "insulsa"llena de sentimentalismo" que no hacia
sino "debilitar cada vez más a la juventud italiana"
El
25 de abril se cumplieron 88 años de la muerte de Emilio Salgari, uno de los autores más leídos de todos los
tiempos. Generalmente ignorado por los sectores literarios más 'cultos', no
son pocos los fanáticos de los llamados subgéneros que lo reivindican (un
montón de escritores entre ellos) como una de las influencias clave en la
cultura popular de los últimos noventa años. Su estilo directo, intenso y
fuertemente expresivo, marcó en gran medida el lenguaje de
medios como el cine, la novela de acción, el policial y muy especialmente,
el estilo eminentemente visual del cómic.
Si
la importancia de un artista puede medirse en el impacto de su obra a lo largo
del tiempo, especialmente dentro del gusto del público, entonces es claro
que Emilio Salgari es un escritor importante.
No es menos claro que ese criterio nunca fue relevante para él, cuyo interés
casi exclusivo fue ganarse la vida escribiendo sobre cosas que conocía bien.
Si esa fue su meta, a la postre también terminaría siendo su utopía ya que,
pese a haber sido leído por millones de personas, nunca logró una vida cómoda
para sí y para los suyos. Salgari fue, en sus propias palabras, un "galeote
de la pluma".
Una de las primeras sorpresas que
se presentan al acometer la tarea de escribir sobre Emilio Salgari es la ausencia
casi total de información sobre su vida y obra en los ámbitos habituales para
cualquier lector. Después de rastrear exhaustivamente la Web, las páginas
que aparecen pertenecen a Salgari:
1) Una escuela
italiana que lleva el nombre del popular escritor.
2) Una editorial
que acaba de sacar a la venta una biografía (disponible sólo en Italia y por
supuesto en italiano).
3) Algunas entrevistas
en donde escritores de distintos pelajes y colores recuerdan haberse iniciado
en la lectura con una novela del italiano, y, finalmente.
4) Una no muy confiable bibliografía de la obra de Salgari
en donde se desglosan sus libros "auténticos" de los "falsos".
El resto de las páginas que el buscador despliega no contiene sino menciones
laterales al autor.
Tomando
en cuenta el impacto de los libros de Salgari en las varias generaciones transcurridas
desde que los escribiera (en las que se cuentan decenas de escritores que
señalan alguna de sus novelas como una de sus primeras e influyentes lecturas),
resulta como mínimo llamativo que no haya en el medio información de fácil
acceso sobre su vida y obra. De trágico y cruel final, la vida de Salgari
es aún hoy una contradicción y en buena medida un enigma que no ha sido objeto
de análisis de sus muchos seguidores y críticos.
La permanencia.
Usualmente calificado como literatura para niños
y/o adolescentes, Emilio Salgari es el responsable de varios de los mejores
relatos de aventuras jamás escritos. Con su estilo narrativo, que combinaba
veloces argumentos con personajes honorables y audaces, fuertemente impregnados
por las ideas positivistas de la época, dio vida a uno de los héroes más formidables
de todos los tiempos, Sandokán, el Tigre de la Malasia. Contrariamente al
destino que el propio Salgari presagiaba para su obra, sus libros no han sido
olvidados.
"Nací el de 1863 en Verona, Italia" afirma Salgari en su
autobiografía, dato que es desmentido por la Enciclopedia Espasa Calpe de
1926 que asegura que el escritor habría nacido un año antes, un error que
se repite en varias de las breves biografías que sobre el autor pueden encontrarse
en la Web.
Algo
similar ocurre con la información que habitualmente aparece sobre su vida:
mientras todas las reseñas de sus libros aseguran que el veronés nunca salió
de Italia y que construyó su universo de aventuras basándose en las lecturas
de los viajes que se llevaron a cabo durante la segunda mitad del siglo XIX,
el propio Salgari asegura en su autobiografía que entre los 18 y los 23 años
no hizo otra cosa que viajar como capitán de distintos barcos por el Pacifico
y que, de hecho, sus personajes más famosos están basados en personas reales
que conoció durante esos años. Más todavía, en su versión de los hechos, el
portugués Yáñez, compañero inseparable de Sandokán, no sería otro que el propio
Emilio Salgari en su versión novelada.
Más allá de la posible controversia
sobre las fuentes de sus libros (controversia que se extiende a los libros
mismos ya que se supone que varios de los que llevan su firma no fueron escritos
por él sino por imitadores) el hecho es que la riqueza expresiva de los textos
de Salgari ha superado el paso del tiempo y todavía hoy continua impactando
la retina de muchos lectores. ¿Por qué un escritor que no tuvo más pretensión
que, según sus propias palabras, trasladar al papel lo que le había ocurrido
en la vida y, eventualmente, ganarse la vida con ello, logra trascender su
propia época no precisamente por los elogios de la critica sino por haber
permanecido en el gusto de los lectores?
De la misma forma que, algunos años
mas tarde, lo haría Dashiell Hammett en la novela policiaca, Salgari construyó
un universo propio, con personajes que llevaban con firmeza la acción, siempre
siguiendo arquetipos morales (el bien, el mal, la codicia, la generosidad,
el honor), paradigmas que, pese a la distancia que puede existir con un hoy
mucho más ambiguo, en absoluto han perdido su vigencia.
O quizá se deba a que, como señala
el periodista español Eduardo Mendicutti a propósito de una reciente reedición
de la novela Los cazadores de focas de la Bahia de Baffin, las historias
del escritor veronés "las protagonizan piratas, cazadores, balleneros
o cowboys que siempre son, según el papel que les corresponda, arrojados,
valientes, feroces, fornidos, leales o implacables, pero que siempre tienen
con la naturaleza una relación noble y generosa. De ahí que Salgari, hoy,
no sea sólo un autor capaz de rejuvenecernos, sino capaz de rejuvenecer el
mundo".
La vida real.
Después de una infancia habitual para el hijo
de una familia acomodada de la clase media veronesa, Salgari descubrió en
su adolescencia el indomable deseo de vivir aventuras. Muy lejos del futuro
que para el tenían planeado sus padres, el joven Emilio decidió estudiar para
capitán de barco con el fin de así vivir aventuras en el mar.
Rápidamente
cursados, los estudios marinos le abrieron las puertas a un empleo como segundo
de bordo de un barco que hacía la ruta del Adriático. Bajo el mando del capitán
Valak, borracho y pendenciero, Salgari viviría sus primeras experiencias a
bordo, obviamente muy lejanas a las aventuras que su exultante carácter y
su poblada imaginación demandaban. A nombre de la goleta Italia Una, el futuro
escritor sería testigo de una trágica historia amorosa entre uno de los marineros
y su prometida, por lo que, de alguna forma, ya en ese viaje inaugural Salgari
encontraría los elementos que años después poblarán su obra: el honor y las
lealtades en primer lugar, siempre por delante de los mezquinos intereses
personales.
Después de un par de tormentas terribles
y algunos peligros corridos como resultado de la desmedida ambición del capitán
del barco, Salgari hace una pequeña escala en su hogar materno, sólo para
continuar su viaje algunos meses después, enrolándose otra vez como segundo
de a bordo en un velero de tres palos comandado por otro capitán difícil y
violento. Después de severas discusiones con su jefe, Salgari es despedido
en Bombay en donde un misterioso personaje, con quien se cruza en una taberna,
le ofrece empleo. En el momento de abandonar ese lugar, Salgari se percata
de que su empleador esta siendo seguido, por lo que, habiéndolo puesto sobre
aviso, ambos la emprenden a golpes con sus perseguidores. Al decidir aceptar
el empleo que le es ofrecido, Salgari da comienzo a la aventura más grande
de su vida.
Rumbo a Mompracem.
"Cuando
una potencia europea quiere apoderarse de un territorio dominado por un, así
llamado, soberano bárbaro, comienza por declarar que es de urgente necesidad
civilizar aquel territorio", comenta Salgari a la hora de justificar
su unión a las fuerzas de un hombre que marcaría su vida y su obra literaria
en forma radical. Porque Sandokán no es imaginario, al menos no enteramente,
y muchas de las anécdotas que son narradas en las novelas de Salgari están
basadas en sucesos reales. Al menos eso es lo que asegura el novelista en
sus memorias, publicadas por la desaparecida editorial catalana Maucci.
Después
de abandonar Bombay, Salgari se une a la flota de un rajá que ha sido desposeído
de sus propiedades por Inglaterra. Los motivos por los cuales Salgari acepta
convertirse en capitán de un barco que Occidente calificaría de pirata son
varios: en primer término, la sed de aventuras y riesgos que movía al futuro
novelista desde niño; en segundo, un frustrado amor por una jovencita inglesa
que lo había llevado a odiar Inglaterra con toda su alma, y en tercer lugar,
la justicia de la causa que defendería. A pesar del aire "occidentalista"
que impregna a sus héroes y heroínas, no es menos cierto que las potencias
coloniales, especialmente Inglaterra son mostradas en los libros de Salgari
como ávidas y crueles aves de rapiña que saquean el lugar en donde se hayan
posado.
Cuando Salgari entra en contacto
con el rajá que en sus libros se llamará Sandokán queda de inmediato impresionado
por el aura de convicción que ese hombre despide, por lo que sus dudas sobre
su papel como capitán en la flota del "Tigre de Mompracem" quedan
atrás y comienza una serie de viajes destinados a obtener metales destinados
a la fabricación de armas que dispararán contra las tropas británicas.
En medio de esas aventuras, que son narradas
por Salgari como una más de sus novelas, conoce a Eva, una valiente joven
inglesa de quien queda enamorado al instante, siendo, esta vez sí, correspondido
su afecto. Trágicamente, la joven muere víctima de una fiebre tropical y otro
tanto ocurre con el joven marino portugués, Campoamor, que se les había unido
poco tiempo antes. No es difícil ver quiénes serán ellos en la ficción: Campoamor
es parte del Yañez de Salgari, que se completa con el propio escritor y sus
correrías en Malasia; la joven Eva no será otra que la Mariana de quien Sandokán
quedará para siempre enamorado.
Una
brutal tormenta termina con el barco de Salgari y junto a su contramaestre,
que en la ficción se llamará Tremal-Naik, y algunos "tigres" sobrevivientes,
consiguen llegar a una isla, solo para ser diezmados por las tropas inglesas
y holandesas. Salgari logra escapar a duras penas, casi muerto de hambre y
debilitado por la fiebre, logrando llegar a la costa en donde es recogido
por el barco María, comandado por el capitán Pierre. En ese barco es donde
Salgari pasará sus siguientes dos años, en los que no le sucedió "ninguna
aventura digna de mención".
Para ese entonces, las fiebres tropicales
habían minado la salud del futuro novelista hasta el punto que su sed de aventuras
casi había desaparecido. En el puerto de Marsella, Salgari se despide del
capitán Pierre y regresa a Italia.
El escritor.
Apenas
llegado a su país natal, Salgari comienza a considerar la posibilidad de dedicarse
a escribir. Sus motivos, tal como cuando se unió al rajá en sus actos de piratería,
son varios. En primer término, Salgari escribió "para dar desahogo al tumulto de impresiones
que había coleccionado" durante su "vida peligrosa", como él mismo la llama. Poco a poco, esa
"necesidad moral" da paso a la "necesidad material, "en la triste necesidad material de cambiar
pan por páginas escritas" diría
en sus memorias. En todo momento Salgari tuvo claro que sus correrías por
el Pacifico no serían vistas con buenos ojos en Verona, donde sin duda alguna
serían consideradas simples actos de piratería y no una campaña por la liberación
de Borneo de manos invasoras. Por eso la versión que el futuro escritor cuenta
a sus familiares y amigos de los acontecimientos en los que se ha visto involucrado
es necesariamente edulcorada. Es en la ficción en donde Salgari podrá plasmar y multiplicar
sus experiencias de riesgo.
En segundo lugar, Salgari tenía una profunda antipatía por la llamada literatura juvenil de su época, a la que hallaba "insulsa" y "llena de sentimentalismo" que no hacia sino "debilitar cada vez más a la juventud italiana". Para Salgari, los jóvenes italianos "tenían necesidad de libros que templasen en ellos el sentido viril, que los preparasen para una vida de atrevimiento, el sentimiento de la libertad personal, que les infundieran afición a los viajes, a los riesgos, a las hermosas aventuras". Es escribiendo esos libros en donde Salgari encontraría una "compensación espiritual a aquella implacable necesidad de una vida peligrosa" que todavía lo dominaba.
Guiado
por este norte Salgari publica su primer libro, Los misterios de la jungla
negra, a la vez que ingresa como periodista al diario veronés Arena. Una disputa
de bar con otro periodista, este del Adige, diario rival del suyo, termina
en un duelo con sable. Salgari saldrá victorioso, dejando una marca indeleble
en el rostro de su contendiente, pero debiendo pasar 50 días en la prisión
de Peschiera. Por “Los misterios
de la jungla negra”, Salgari recibe la ínfima suma de 50 liras. "¡Comenzaba bien mis negocios editoriales!"
apunta sarcástico el escritor en sus memorias.
Después
de haber participado en un par de trifulcas de taberna que no duda en calificar
de "aventuras", en 1891 el escritor conoce a quien será su compañera
de amor y futuro infortunio: Aida Peruzzi, quien en ese entonces era una joven
actriz de teatro. Después de casarse, el 30 de enero de 1892, la pareja se
traslada a Turin, donde Salgari publica su segunda novela, “El rey de la montaña”.
La
información sobre las fechas de publicación de los libros de Salgari no es
menos confusa que la información sobre su vida: Algunas versiones afirman
que “Los misterios de la Jungla negra”
se publico recién en 1896 y no antes, por lo que “El rey de la montaña” sería aún posterior a esta fecha. Sin
embargo, el propio Salgari fija en 1892 la publicación de su segunda novela,
sin aportar datos sobre la fecha de aparición de la primera, aunque probablemente
haya sido publicada sobre fines de la década del ochenta.
Es
en Génova donde Salgari obtendrá su primer contrato editorial, el primero
de varios que no harían sino sumirlo en la ruina económica y espiritual. Como
apunta al comienzo de sus memorias, "heme
aquí hoy, después de tantas luchas, después de haber publicado un montón de
volúmenes, después de hacer la fortuna de, lo menos, dos editores, heme aquí
frente a las más serias necesidades de la vida": A pesar de haber
sido tremendamente popular en vida, de haber sido leído por millones de jóvenes
y adultos, de haber escrito mas de 80 novelas y 100 cuentos en poco menos
de veinte años, Salgari nunca tuvo una vida que se pudiera llamar decorosa,
mucho menos acorde con sus virtudes
literarias y la abundancia de su producción.
El
primer contrato editorial obligaba a Salgari a entregar tres novelas cada
doce meses, durante varios años, trabajando en exclusiva para esa editorial,
cobrando tres mil liras anuales y debiendo someter cada argumento a una revisión
previa por parte del editor.
Salgari
justifica su decisión, que lo obligó a escribir día y noche para ganar esa
cifra predeterminada, por el apremio económico que significaba su creciente
familia: "El pan, había que ganarse
el pan. El editor me lanzó, es verdad, con deslumbradoras cubiertas, pero
vendía ejemplar tras ejemplar y yo... yo me atareaba en emborronar cuartillas
y cuartillas para ganar lo indispensable para no morir de hambre".
Según
su hijo Nadir, en cambio, la explicación estaba tanto en el difícil carácter
de Salgari, que no admitía ningún comentario o consejo sobre sus contratos
editoriales, como en su profundo desprecio por el dinero y la perversa situación
que lo obligaba a escribir sin cesar: "él, que había triunfado en las selvas y en el mar, debía sucumbir
ante las prosaicas necesidades de la vida civilizada" apunta Nadir
Salgari en la breve nota final que acompaña las memorias de su padre.
Es
llamativo también el hecho de que el padre de Emilio Salgari haya sido un
próspero comerciante que llevaba una "vida cómoda", contrastando
con un hijo que tenía nula capacidad de comerciar con su propia obra, que
despreciaba el dinero y que optó (y finalmente quedó confinado) a vivir una
existencia muy lejana a los suaves ritmos burgueses.
Los últimos
años.
Entre
1890 y 1910, Salgari escribió unas 80 novelas y un centenar de cuentos. Diversas
fuentes aseguran que varios libros firmados por Salgari en realidad fueron
escritos por imitadores auspiciados por los propios editores que
ansiaban
sacar aún mas réditos del éxito literario del veronés.
Lo
que sí es verdad es que el propio Salgari se imitaba a sí mismo con el objeto
de publicar bajo un seudónimo y de esa forma eludir la trampa editorial en
la que se encontraba y así aportar algunas liras extra a su hogar. Por cierto,
estas maniobras también fueron alentadas por los editores de Salgari, quienes
sabían que, aún escribiendo novelas de segunda clase, el escritor resultaba
muy superior a su corte de imitadores.
A
pesar de su exuberante personalidad y su inagotable cantera de ideas, la psiquis
de Salgari comienza a fallar hasta el punto en que en 1910 intenta suicidarse
con una cuchillada en el corazón. Ya desde 1908 sus memorias se reducen a
angustiados comentarios aislados, a razón de uno por año, no más, y sus textos
e ideas inconclusas comienzan a acumularse en su pequeño estudio de Madonna
del Pilone, poblado cercano a Turín.
En
diciembre de 1910, su amada Aida pierde la razón. Salgari escribe entonces:
"he perdido cuanto más tenía de querido,
¡mi Aida! Aquella que todo lo compartió conmigo, aquella que sufrió con mis
pesares, mi inspiradora, mi amiga, mi alma... Me siento perder, mi vida declina,
ha llegado el fin, ha llegado el fin".
El
25 de abril de 1911, el día siguiente a la ultima anotación en sus memorias,
Emilio Salgari sube a las alturas del Val de San Martino y se suicida de una
cuchillada en el vientre. Su cuerpo, desgarrado y cubierto de sangre, fue
encontrado la tarde de ese mismo día, con el rostro vuelto hacia el cielo.
Así
como antiguamente, antes de los barcos de vapor, existían en el mar feroces
piratas, en la actualidad, comienzo de la exploración espacial, también
han comenzado a medrar esos feroces y románticos personajes dedicados al
robo de naves de transporte.
Piratón,
gordo, mal hablado, y carente de escrúpulos, no dejaba de ser un personaje
novelesco digno de Emilio Salgari, con la salvedad de que en vez de parche
en el ojo, lo usaba biónico, y la pata de palo la reemplazaba con una prótesis
de moléculas holográficas materializadas por un minúsculo chip de bolsillo.
La
nave era “La Pepa”, en honor de Pepita García, una hermosa cantante de una
bailanta de Quilmes que le revolvió la croqueta a nuestro Capitán. Los motores
eran tan modernos que en vez de usar carburante común, usaba simplemente
piedras como fuente de energía de acuerdo a los últimos diseños de la tecnología
espacial mas sofisticada.
En
medio del espacio, en los cuadrantes mas profundos de la galaxia del Canguro,
comienza a oscilar rabiosamente la alarma de «bajo crítico» en la pantalla
de monitoréo de combustible. Una alarma de este tipo impone en cualquier
nave la búsqueda casi desesperada de un lugar para estacionar dentro de
un radio de dos pársecs, so pena de quedar a la deriva.
Piratón
enfoca todas sus antenas de exploración y búsqueda hacia las seis direcciones
básicas y sus correspondientes cuadrantes y cuartiles hasta localizar un
planeta con condiciones que, aunque no sean cómodas, al menos le permitan
reabastecerse de un combustible de existencia tan económica como universal.
Casi
con el último granito de piedra logran llegar a un planeta solitario que
giraba monótonamente en torno a un par de soles que alternativamente daban
luz y se apagaban de tal modo que siempre había uno encendido. Este planeta
era muy desértico, todo cubierto de arena y sin trazas de piedras.
¡Voto a Bríos, el Chápiro, y todos
los malditos dragones y dinosaurios del espacio! No es posible que no puedan
encontrar un mísero cascote en todo un planeta. Salgan inmediatamente a
explorar y no vuelvan sin alguna piedra. ¡Sarta de cernícalos siderales!
Después
de dos días recorriendo el planeta, los piratas encontraron una enorme piedra
esférica que debieron llevar rodando y con ayuda de los tractores de gran
potencia con que contaba “La Pepa”.
Llegaron
muy cansados, pero no terminaron allí los problemas porque la piedra era
tan grande que no entraba por la puerta hasta que el pirata más inteligente
dijo: - Debemos romperla, traigan los martillos.
Rompieron
10 martillos, 7 mazas, 4 sierras mecánicas y la piedra era tan dura que
no pudieron siquiera rasparla. Como última alternativa probaron con los
sopletes láser, entonces la piedra se rompió, y ¡Oh sorpresa! Un pequeño
dinosaurio del espacio salió de la «piedra» que no era otra cosa que un
huevo dejado en el cálido planeta para que el par de soles lo empollara.
La
cascara del huevo era tan dura que servía perfectamente como combustible
y los motores de “La Pepa” volvieron a rugir con los depósitos de carburante
llenos y Piratón, agradecido, dejó al pichón de dinosaurio una montaña de
leche en polvo que como todos sabemos es muy rica y una bolsa de caramelos
capturada en el último abordaje a un carguero de la línea Vía Láctea del
Norte.
REALIZADO POR: ALBERTO MAGARIÑO MONTEJANO