LOS FABULISTAS (1)

    Tambien recogemos aquí las síntesis  que Canel (1) nos resume en su Antología de Fábulas sobre nuestros fabulistas más conocidos:

ESOPO

    Su autenticidad histórica ha sido puesta en cuestión y del que Herodoto, «Padre de la Historia», sólo podía afirmar que posiblemente fuera esclavo de un individuo de la isla de Samos; también podría ser tracio o, con mayor razón, frigio (versión confirmada por la Vita Aesopi --o Vida de Esopo - y por Fedro en sus Fábulas Esópicas): su nombre recuerda de inmediato al del río Esopo, en Frigia. Su vida, ya histórica o legendaria, transcurrió en el siglo VI a.C.

    El sistema doctrinal de Esopo es muy restringido; carece de ambición para crear un conjunto de reglas abstractas sobre la moral y la conducta humana, y se limita a enunciar consejos prácticos de alcance inmediato sobre cuestiones cotidianas.

FEDRO

    De este fabulista latino, compilador e imitador de Esopo, tampoco nos han llegado apenas noticias, si bien su existencia sí parece confirmada, aun precariamente. Si hemos de atender a sus propias palabras (sitas en el prólogo al tercero de sus libros de fábulas), nació en las montañas de Piero, en Macedonia, aunque también podría ser originario de alguna colonia romana.

     En cualquier caso, sabemos que, como su maestro en el género, nació esclavo, y que, sufriendo tal condición, viajó, todavía niño, a Roma. Más tarde, el emperador Augusto lo libertaría; sin embargo, mantuvo un largo enfrentamiento con el ministro Seyano (el citado prólogo se constituyó en un documento de pública disculpa) a causa del cual sufrió destierro, condenado arbitrariamente por un delito común.

    Posiblemente de esta enemistad y de las amargas consecuencias que de ella se derivaron surgieron en Fedro un espíritu revanchista y un sarcasmo impenitente que le llevaron a introducir en sus escritos numerosas alusiones a la vida cotidiana de Roma y de sus dirigentes empleando un tono acerbo e irónico. Aportaba, de este modo, un nuevo matiz de interés a la narración fabulística. Por lo demás, sus historias suelen ser meras traducciones versificadas de las originales de Esopo,
 

BABRIO

    Vivió en la segunda mitad del siglo primero de nuestra era, y, a pesar de que escribía en griego, era romano, como reflejan su nombre (posiblemente metátesis de «Barbius») y ciertos rasgos de su escritura. Era hijo de una familia italiana establecida en Oriente, y llegó a ser preceptor de lengua y cultura griegas en Siria, pues poseía una vasta cultura (dejando a un lado las aproximadamente doscientas fábulas que fidedignamente salieron de su pluma, y cuya elaboración consideraba no más que un mero entretenimiento, se le atribuye una ingente cantidad de obras de toda índole).

    Aparte de esto, todo son hipótesis: puede que regresara a Roma, donde, además de desplegar una inusitada actividad literaria, se dedicaría a ejercer su oficio favorito: el arribismo.

JEAN DE LA FONTAINE

    El legendario fabulista francés nació el ocho de julio de 1621 en Cháteau-Thierry, a orillas del Marne.

    Después de sus primeros estudios, marchó por primera vez a la capital francesa a los diecinueve años con la intención de ingresar como novicio en el seminario de la Congregación del Oratorio, lo que no deja de resultar chocante, pues sus inclinaciones religiosas, ya a tan temprana edad, empezaban a quedar obscurecidas por ciertas otras aficiones indudablemente más terrenales. Finalmente, imperaría el sentido práctico, y, un año más tarde, abandonó su efímera carrera eclesiástica y comenzó una vida que gozaba de todas las ventajas de la bohemia (eso sí, en ambientes muy refinados) y de ninguno de sus inconvenientes, pues su padre, burgués acomodado, sufragaba las idas y venidas del joven entre la Ciudad de la Luz y el pueblo y le procuraba medios de subsistencia y buenas relaciones, las cuales le facilitaron, en 1647, el primero de sus empleos. La Fontaine, flamante Abogado del Parlamento sin causas que instruir, primero, e Inspector de Bosques y Aguas -cargo heredado de su padre-, después, dispone de tiempo abundante para seguir frecuentando su círculo de jóvenes poetas (Pellison, Maucroix, Tellemant, ...) y practicando las bellas artes de la literatura y la música. Sus lecturas, que en un principio se limitaban a Ariosto y Boccaccio (el cual le influiría sobremanera a la hora de confeccionar sus colecciones de cuentos), fueron ampliándose a los que él consideraba reyes del Olimpo literario: Virgilio, Horacio y Homero, si bien, como es fácil suponer, nunca dejó de lado el estudio de las fábulas de Esopo y de Fedro, los autores de quienes más influencia recibiría al componer su propia colección.

    La Fontaine publica su primer trabajo, una traducción en verso del Eunuco, de Terencio, en 1654. Pero ni el paso de los años ni sus trabajos estables ni su actividad literaria, que comienza a ser metódica (ya ha tenido oportunidad de estrenar algunas comedias y ciertas óperas modestas), le alejan de su vocación bohemia ni de su vida disoluta: abandona por tres veces a sendas mujeres y dilapida su fortuna. A la muerte de su padre, se ve obligado a buscar la protección de mecenas, hasta que por fin, en 1668, publica los seis primeros libros de fábulas. Se relaciona asiduamente con Moliére y Racine y, gracias a sus numerosos contactos, es tardíamente elegido miembro de la Academia (sus malas relaciones con la realeza, nacidas con motivo del exceso de picardía de algunos de sus cuentos, se lo impidieron con anterioridad) en 1683.

    En 1694, La Fontaine publica el duodécimo y último libro de fábulas. Muere al año siguiente en París.

    La Fontaine proporcionó al género fabulístico la brillantez perdida y motivó un renacimiento de la preocupación por parte crítica especializada, especialmente la alemana, que no quería ver cómo un francés se les adelantaba, hacia el estudio y la catalogación rigurosa de las fábulas conocidas.

FÉLIX MARÍA SAMANIEGO

    Nuestro más renombrado y tradicional fabulista vino al mundo en Laguardia (Álava) el doce de octubre de 1745. De ascendencia noble, su familia disponía de recursos económicos suficientes para permitirle al joven Félix dedicarse por completo al estudio. De su entusiasmo *por los enciclopedistas, nacido de su larga estancia en Francia, adquirió la afición por la critica mordaz contra la política y la religión; se burló de los privilegios, y llegó a rechazar un cargo ofrecido por Floridablanca. Por otra parte, sufrió encontronazos con la inquisición: el Tribunal de Logroño trató de confinarlo en un convento en 1793 tras considerar anticlerical y licenciosa parte de su obra, a pesar de que sus cuentos más subidos de tono, que componía al estilo de La Fontaine, iban siempre firmados con seudónimo. Nuestro autor se salvó del castigo gracias a la intervención de sus influyentes amigos, que algunos conservaba.

    Son conocidos los violentos enfrentamientos impresos que mantuvo con algunos de sus colegas, como Nicolás Moratín, Huerta y fray Diego González. Pero, sin lugar a dudas, la más célebre y destacada contienda fue la que durante años sostuvo con Tomás de Iriarte, que había sido su amigo largo tiempo. Todo empezó por una cuestión de autorías y plagios. Por lo visto, Samaniego dejó leer a su amigo el tercer libro de las Fábulas morales en 1779. En 1782, Iriarte entregó a la imprenta las Fábulas literarias, y Samaniego, tan herido como indignado por lo que él consideraba una burda copia de sus trabajos, y alegando que ni siquiera se le había citado en el prólogo, difundió una nota anónima, Observaciones sobre las Fábulas literarias, que no dejaba lugar a dudas a propósito del acabamiento de las relaciones amistosas entre los dos fabulistas. Dio comienzo entonces una interminable sucesión de libelos y cartas públicas, de la que no salió vencedor alguno, pero a lo largo de la cual Samaniego, impregnado de un incansable espíritu volteriano, se mostró más cruel e ingenioso.

    Siguiendo el ejemplo de Fedro, Samaniego elimina de sus fábulas el tono ingenuo y entrañable de que dotara Esopo a las suyas y las llena de críticas veladas pero implacables contra personajes relevantes, hábitos sociales y actitudes políticas de dudosa integridad.

    Aún lleno de energía beligerante y dotado de su proverbial y afilado ingenio, murió en su ciudad natal el dos de septiembre de 1801.

TOMÁS DE IRIARTE

    El segundo (cronológicamente hablando) de los fabulistas españoles de renombre, don Tomás de Iriarte, nació lejos de la capital, en La Orotava (Santa Cruz de Tenerife) el dieciocho de septiembre de 1750, aunque pronto marchó a educarse en Madrid bajo la tutela de su tío. A la muerte de éste, compaginó el cargo de traductor en la Secretaría de Estado, que de él heredó, con la dirección de un periódico oficial y el comienzo de una carrera literaria tan brillante como accidentada. Aún le sobraba tiempo para asistir a tertulias y adiestrarse en el manejo de diversos instrumentos musicales, así como para ejercer sus labores de crítico de arte y traducir obras de teatro francesas. A este perfecto modelo de ilustrados le atraía, sin embargo, la porfía, y en sus pendencias arrastró a gran número de intelectuales de la época. De todos es sabido que su principal enemigo era Samaniego, pero fue Forner, aliado de éste, con quien con más encono se batió. Por otra parte, se enfrentó a Ramón de la Cruz y a Vicente de los Ríos. El destino, sin embargo, estaba empeñado en unir a los enemigos irreconciliables, aunque fuera en la desdicha. Y así, Iriarte sufrió también las iras del Santo Oficio a causa del poema «La barca de Simón»; merced a la protección de que gozaba por parte de la corte, sólo se le impuso una leve penitencia.

    Como ya está dicho más arriba, sus Fábulas literarias vieron la luz en 1782. También él se propuso innovar el género, y les dio a todas una moraleja de orden literario. Tomando como base asuntos y personajes tradicionales, se las ingeniaba para concluir con alguna sentencia que arremetiera contra los críticos, los que acumulan libros y no los leen o los plagiarios (lo que no deja de resultar, cuanto menos, anecdótico) o que expresara sus encendidas opiniones sobre los extranjerismos, las malas traducciones o el gusto del público. En las fábulas, Iriarte, poco dotado para la elevación poética, da lo mejor de sí: un ingenio afilado y una enorme habilidad como cultivador de las más variadas formas métricas.

    Tras una corta y agitada vida, murió en Madrid la víspera de su cuadragésimo primer cumpleaños.

JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH

    Hartzenbusch nació en Madrid el nueve de septiembre de 1806. Huérfano de madre desde los dos años, repartió el tiempo de su infancia entre Cuenca y la capital. Al tiempo que recibía las primeras letras, fue aprendiendo el oficio de su padre, maestro ebanista, pero interrumpió estas prácticas con el fin de consumar su vocación religiosa, más arraigada que la de su colega y antecesor francés, La Fontaine, pero también trunca prematuramente. Sin embargo, los cuatro años (1819-1823) que permaneció en un colegio de jesuitas sí dejaron en él una impronta que se deja notar en la rigurosa ortodoxia moral que desprenden sus escritos y que aportan un novedoso matiz a la literatura romántica española.

    Tras abandonar el colegio, hubo de volver a trabajar con su padre, que había visto confiscados todos sus bienes por una acusación. de liberalidad, pero eso no le impidió iniciar una prometedora carrera en las letras que, como suele suceder en estos casos, comenzó por las labores de traductor, y centró su empeño en comedias y dramas históricos franceses. En 1844, siete años después del sonoro éxito de Los amantes de Teruel, consiguió el puesto de taquígrafo de la Biblioteca Nacional, de cuya dirección, el puesto que siempre había anhelado, se hizo cargo en 1875. En 1847 había ingresado en la Real Academia. Todas estas ocupaciones no le impidieron seguir dedicándose a las tareas creativas: creación de obras dramáticas, traducción, estudios filológicos y, naturalmente, la composición de sus fábulas ocupaban cada minuto de su tiempo libre.

    Murió Hartzenbusch, tras unos años amargos, pues la pérdida de visión y cierta parálisis le negaban la práctica de otra de sus vocaciones, la pintura, el dos de septiembre de 1880.

    Las fábulas de Hartzenbusch, que beben de muy diversas fuentes (sus historias proceden del Arcipreste, del teatro clásico español -suele recurrir a historias de Tirso, Calderón o Lope-, de sus contemporáneos,...), aparte de una exquisita combinación de sencillez y precisión en el verso, una enorme variedad temática y un gracejo inconfundible e irresistible, aportan a la fábula un aire nuevo: el que abusa de su fuerza suele salir malparado, y al malvado suele salirle el tiro por la culata. Hartzenbusch, peculiar romántico y precursor a su manera del krausismo en España, confiaba en la bonanza que suponía el advenimiento del constitucionalismo, y estaba convencido de que la ley de la jungla había terminado y de que bastan la buena intención, la educación y el trabajo para hacer más fácil y grata la vida de los hombres.

RAMÓN DE CAMPOAMOR

    Don Ramón de Campoamor, romántico tardío y, posiblemente, el autor español que ha gozado de más fama en vida, vio la luz en la villa asturiana de Navia el veinticuatro de septiembre de 1817 y la perdió de vista recién comenzada nuestra centuria, el doce de febrero de 1901, en Madrid. Huérfano de madre muy pronto, su padre se encargó de enseñarle las primeras letras. Se inició en los latines en Puerto de Vega, desde donde se trasladó a Santiago para estudiar filosofía. Al igual que algunos de sus colegas fabulistas, una temprana crisis de misticismo le llevó a tomar los hábitos a los dieciocho años; mas, siguiendo también el ejemplo de aquéllos, abandonó pronto la orden jesuita e, impulsado por la curiosidad, viajó a Madrid, donde coqueteó con los estudios de Lógica, Matemáticas y Medicina, al tiempo que mantenía un estilo de vida moderadamente frívolo. Finalmente, decidió abandonarlo todo por la poesía, que consideraba, amén de su gran pasión, el vía crucis particular que lo llevaría, merced a su sacrificio y su formación, a regenerar el pensamiento, la moral y la religión españoles. Sus horas se repartían entre las tertulias y la Biblioteca Nacional, donde estudiaba incansablemente a los clásicos.

    Una vez publicadas sus Fábulas y los Ayes del alma (1842) y la que sería su obra más renombrada, las Doloras (1846), se unió al partido moderado de Romero Robledo. Su modesta carrera política lo condujo a los Gobiernos Civiles de Castellón, Alicante y Valencia.

    De regreso a Madrid, y ya casado, llevó una vida plácida. Fue nombrado miembro de la Academia y redactó sus últimos libros: Pequeños poemas (1872-74) y Humoradas (1886). Pasó sus últimos años aquejado de gota y mimado por una ingente pléyade de admiradores.

    Su obra no resiste ya análisis alguno, a decir de la crítica, que reprueba su prosaísmo, la vacuidad de sus ripios y su pretenciosidad -ese afán irredento de dotar a cada uno de sus poemas de una lección práctica y definitiva-, pues su carga doctrinal es ramplona y superficial. Todos estos rasgos se ponían ya de manifiesto en las Fábulas, que escribió a los veintitrés años y que, en virtud de su enorme aceptación, marcarían la orientación de su creación posterior...

(1) CANEL LADRÓN de GUEVARA, Ignacio. (1995): Antología de Fábulas. Ediciones Aldebarán. Madrid