EL ROMANCERO ANDALUZ DE LA TRADICIÓN MODERNA.

 

                                                                        Pedro M. Piñero Ramírez

                                                            Fundación Machado y Universidad de Sevilla

                                                                                                                                   

 EL REDESCUBRIMIENTO DEL ROMANCERO ORAL EN EL SIGLO XIX.

Desde los últimos decenios del siglo XVII a los primeros del XIX, el romancero cayó en descrédito a lo largo y ancho de la Península; perdió poco a poco su prestigio entre los letrados, dejó de cantarse en las ciudades, y lo que fue más determinante aún: se quedó si capacidad recreativa, esto es, entró en un período de mera repetición mecánica y memorística, y esto sólo en las zonas rurales, alejadas de los centros de la cultura oficial. Fueron entonces los romances llamados vulgares o plebeyos –tan despreciados por las clases ilustradas- los que sustituyeron en los gustos de estos transmisores incultos a los viejos romances de la tradición antigua. Por los pueblos de la Península, charlatanes, vendedores ambulantes y ciegos colocaban, mal impresas en deleznables pliegos sueltos, estas historias de bandoleros, crímenes truculentos, amores imposibles, vidas de niños abandonados, milagros espectaculares de santos locales y otros casos extraordinarios, todo muy del gusto de las gentes sencillas. Un buen ejemplo de romance de contrabandistas y bandoleros es el que cuenta la historia de Diego Corrientes, que todavía se canta en Andalucía, como esta versión que recogimos en Aznalcázar, en 1988:

  En Utrera nació un hombre    de una mediana estatura

llamado Diego Corrientes    por su mala desventura.

Ese tal Diego Corrientes    al contrabando se echó;

robaba caballos, padre,    y esa fue su perdición.

Ese tal Diego Corrientes    robaba con fantasía:

a los ricos les robaba    y a los pobres socorría.

Justicias y migueletes    lo han mandado pregonar,

y él con un compadre suyo    se ha marchado a Portugal.

A la ida para allá,    fue en la Venta del Oriente,

ha mandado a convidar    justicias y migueletes.

A la vuelta para acá,    en la Venta de Tomares

lo han cogido prisionero    los migueletes galanes:

día de la Encarnación    a las seis de la mañana

entraba Diego Corrientes    por las calles de Triana;

hombres, mujeres y niños    se asoman por la ventana

por ver a Diego Corrientes    del modo que lo llevaban.

Hombres, mujeres y niños    gritaban en alta voz:

ni la prendición de Cristo    causaba tanto terror.

- Si viviese mi madrina,    la duquesita de Alba,

si viviese mi madrina    la vida no me quitaban.-

Al subir las escaleras    un vaso de agua pidió

y le contestó el verdugo:    - Hijo, ya no es ocasión.-

- Si no me lo dan de agua,    que me lo den de aguardiente

para dárselo al verdugo    y que me dé buena muerte.

¡El Cristo de la nagüillas    vaya en mi acompañamiento,

y el Patio de los Naranjos    sepultura de mi cuerpo!

 

El redescubrimiento del romancero antiguo y su revalorización se produce en la primera mitad del siglo XIX con el triunfo del Romanticismo, que tuvo en alta estima la poesía popular, de la que el género narrativo español se consideró una de sus manifestaciones más rica. Las primeras muestras de la permanencia del romancero antiguo en la tradición oral de los tiempos nuevos, muy escasas al principio del Ochocientos, aparecieron en Andalucía. El erudito Bartolomé José Gallardo, recluido en la cárcel sevillana, oyó cantar, un día de enero de 1825, a dos presos –probablemente dos gitanos de Marchena- una versión de Gerineldo, el precioso romance de origen carolingio, publicado en varias ocasiones en el siglo XVI y del que se han reunido, desde entonces hasta nuestros días, cientos de versiones. Esta es una reciente, recogida en 1986 en Algar (Cádiz), continuada por otra del Romance de la Condesita, que es como se suele cantar en estos pueblos meridionales, y como la oyó el propio Gallardo:

Allá por el mes de mayo    cuando las recias calores,

cuando las cebadas granan,    los trigos toman colores,

cuando los enamorados    regalan a sus amores:

unos le regalan lirios    y otros le regalan flores

y otros le regalan cintas    de diferentes colores.

- Gerineldo, Gerineldo,    mi camarero pulido,

¡quién te tuviera esta noche    tres horas en mi albedrío!-

- No porque sea tu criado    te quieras burlar conmigo.-

- No es mentira, Gerineldo,    que es verdad lo que te digo.

A las diez se acuesta el rey,    a las once está dormido,

y a eso de las once y media    yo te espero en mi retiro;

ponte zapatos de seda    para que no seas sentido.-

Cada escalón que subía    le costaba un suspirito,

y en el último escalón    la princesa lo ha sentido:

- ¿Quién será el terminado,    quién será el atrevido?-

- Señora, soy Gerineldo    que vengo a lo prometido.-

Le ha agarrado de la mano    y en su cama lo ha metido;

 entre caricias y halagos    se van quedando dormidos.

A eso de las doce y media    da el rey vuelta a su retiro;

fue al cuarto de la princesa,    se encontró a los dos dormidos:

- Si mato a mi hija hermosa    mi reino queda perdido,

y si mato a Gerineldo    que lo crié desde niño:

pondré mi espada por medio    y servirá de testigo.-

Vinieron a despertar    tres horas del sol salido.

- Levántate, Gerineldo,    mira que somos perdidos,

que la espada de mi padre    nos servirá de testigo.-

- ¿A dónde quieres que vaya    tres horas del sol salido?-

- Vete por esos jardines    cogiendo rosas y lirios.-

El rey, que lo sabía,    al encuentro le ha salido:

- ¿De dónde vienes, Gerineldo,    marchito y descolorido?-

- Vengo del jardín hermoso    cogiendo rosas y lirios;

la fragancia de una rosa    mi color se lo ha comido.-

- Es mentira, Gerineldo,    tú con mi hija has dormido.-

- Yo he preparado la carne,    usted prepare el cuchillo,

y cóbrese con mi sangre    la honra que le he perdido.-

  No te mato, Gerineldo,    que te crié desde niño.

Antes que llegue la noche    tienes que ser su marido.-

              Tengo juramento echado    con la Virgen de la Estrella:

mujer que ha sido mi dama    de no casarme con ella.-

Se ha formaíto una guerra    por España y Portugal

y nombran a Gerineldo    de capitán general.

La princesa como niña    no piensa más que en llorar.

- No me llores, mi princesa,    no me llores ya no más;

si a los tres años no vuelvo,    niña, te puedes casar.-

Han pasado los tres años,    los soldados vienen ya

y el hijo del conde Sol    se ha quedado por allá.

Le pide licencia al padre    para salirlo a buscar.

- ¿Licencia me pides, hija?    Licencia la tienes ya.-

Se quita un traje de seda,    se pone otro de sayal

y se pone unos zapatos    de muy rico cordobán.

Anduvo los siete reinos    y no lo pudo encontrar.

De vuelta para su casa,    ya que venía para acá,

se ha encontrado un vaquerito,    se ha encontrado una vacá:

- Vaquerito, vaquerito,    por la Santa Trinidad,

que me niegues la mentira    y me digas la verdad:

¿de quién es tanto ganado    con tanto hierro y señal?-

- De mi amo el conde Sol    que ya está para casar.-

Saca una dobla de a ocho    y al vaquero se la da:

- Vaquerito, vaquerito,    por Dios, ponme en el portal.-

Ha pedido una limosna,    él se la ha salido a dar.

- No he visto cara más bella    ni romera más salá,

sino una de lejanas tierras    que me dejé por allá.

Tú eres el diablo, romera,    que me vienes a tentar.-

- No soy el diablo, risconde,    que soy tu mujer carnal.

Tu hijo queda tan bueno,    tu familia por allá.-

Se echan los brazos al cuello    y se ponen a llorar.

- No me llores, mi romera,    no me llores ya no  más:

las bodas y los torneos    sólo para ti serán.

Toma, rey moro, tu hija,    que yo me voy por allá,

que yo me voy con mi hijo    que es mi sangre natural.

 

Siguiendo el hilo de la historia, años después de haber oído Gallardo estos romances en Sevilla, los escritores costumbristas empiezan a introducir en sus cuadros algunos textos tradicionales: Estébanez Calderón en sus Escenas andaluzas (1847), publicaba dos versiones nuevas de los romances que había oído Gallardo, y los ponía en boca de El Planeta, un flamenco que los cantaba en una fiesta nocturna de la noche trianera:

Entramos a punto –escribe Estébanez- en que El Planeta, veterano cantor y de gran estilo según los inteligentes, principiaba un romance o corrida, después de un preludio de vihuela y dos bandolines…Comenzó el cantador por un prolongado suspiro y, después de una brevísima pausa, dijo el siguiente lindísimo romance del conde del Sol, que por su sencillez y sabor a lo antiguo bien demuestra el tiempo a que debe el ser…La música con que se cantan estos romances es un recuerdo morisco todavía. Sólo en muy pocos pueblos de la serranía de Ronda, o de la tierra de Medina y Jerez es donde se conserva esta tradición árabe, que se va extinguiendo poco a poco y desaparecerá para siempre (Baile en Triana).

 

Fernán Caballero en La Gaviota (1856) y en otras obras, ofrece irrefutables testimonios de la existencia del romancero en tierras andaluzas. Escribía doña Cecilia que entre una infinidad de cantos que tiene el pueblo andaluz, sobresale el romance:

Cuando a la caída de la tarde, en el campo se oye a lo lejos una buena voz cantar el romance con melancólica originalidad, causa un efecto extraordinario… La letra del romance trata generalmente de asuntos moriscos, o refiere piadosas leyendas o tristes historias de reos.

 

Años antes, Washington Irving, embobado por lo que iba descubriendo en su viaje por tierras andaluzas, había contado cómo los cantaban los arrieros por los polvorientos caminos del Sur:

El arriero español posee un inagotable repertorio de canciones y baladas con las que se entretiene en su incesante ir y venir. Son tonadas rudas y sencillas, de escasas inflexiones. Las canta en alta voz, con largas y pronunciadas cadencias, sentado a mujeriegas en su mula que, al parecer, las escucha con suma gravedad y las acompaña con sus pasos. Las coplas que canta son, casi siempre, viejos y tradicionales romances de moros, la leyenda de algún santo o cantinelas amorosas; o más corrientemente, alguna balada de un contrabandista o intrépido bandolero, puesto que éstos son en España héroes de leyenda para la gente del pueblo…Esta facilidad para el canto y la improvisación es corriente en España, y es opinión común que ha sido heredada de los moros”(Cuentos de la Alhambra, 1832).

 

Los tres escritores citados, como se ve, relacionan el romancero con cantares procedentes de los moros andaluces. No es nada extraño –aunque tenga poco de cierto- ya que el romanticismo estaba poniendo de moda de nuevo las tradiciones hispanomusulmanas. Se iniciaba una etapa de maurofilia romántica, y todo lo que no tenía un claro origen se atribuía, sin más, a los moros. El romance del Mozo arriero y los siete ladrones pudo muy bien ser uno a los que se refería el viajero norteamericano, que transcribo en una versión de Arcos de la Frontera, muy parecida a las muchas que se cantan todavía por Andalucía, ya que al tratarse de un romance de procedencia vulgar, difundido en un pliego de cordel, se repite con escasas variantes:

Camino de Naranjales    caminaba un arriero:

buen zapato, buena media,    buena bolsa de dinero.

Arreaba siete mulos,    ocho con el delantero;

nueve se podían contar    con el de la silla y freno.

A la salida de un monte    siete pillos le salieron:

- ¿Dónde caminas, buen mozo,    el buen mozo arriero?-

- Camino hacia la Mancha    a un encarguito que llevo.-

- A la Mancha iremos todos    como buenos compañeros.-

Al revolver de una esquina    una taberna que vieron:

- Echa vino, montañés,    echa vino, tabernero,

que lo pagará el buen mozo,    el buen mozo arriero.-

- Yo sí que lo pagaré,    que tengo mucho dinero,

que tengo más de doblones    que estrellitas tiene el cielo.-

El primer vaso que echó,    pa el buen mozo arriero:

- Eso no lo quiero yo    que es un vaso de veneno,

que lo beba el rey de España    que está muy gordito y bueno.-

Al oír estas palabras    siete espadas relucieron,

el buen mozo sacó el suyo,    que era de un brillante acero.

A la primera estocá    cuatro cayeron al suelo,

tres se pudieron salvar:    sus patitas les valieron.

Y ya se acabó la copla    del buen mozo arriero.

 

Junto a la difusión de estos temas nuevos, propios de los tiempos que corrían, en los pliegos de cordel que los divulgaban hallaron lugar también para su propagación algunos de los viejos romances conocidos en la tradición antigua. En ellos se publicaron y en ellos los aprendió la gente del pueblo, y aunque de diversa procedencia y diferente estilo (líricos, trovadorescos, juglarescos, artísticos, etc.) todos se acogieron a un estilo común, el que la crítica denomina “estilo tradicional”. Y hasta los temas nuevos, en buena parte, se fueron “tradicionalizando”. Así se cantan todavía por los pueblos andaluces, como por toda la Península. Volvamos, de nuevo, a la historia.

La recolección del romancero tradicional de transmisión oral se vio incrementada en Andalucía con la labor de los folcloristas en las dos últimas décadas del siglo XIX, con don Antonio Machado y Álvarez, Demófilo, a la cabeza de estos entusiastas estudiosos de la cultura popular. En la revista Folk-lore (1883), don Antonio dio a conocer dos versiones sevillanas del romance de Delgadina, una recogida en Bormujos y otra en la misma capital andaluza. Más adelante publicaría otros romances. Por aquellos años, don Francisco Rodríguez Marín, infatigable recolector de literatura oral, daba a conocer en el Boletín Folk-lórico Español de 1885, una versión de Tamar que había recogido en su Osuna natal; luego transcribiría otros romances, que –por lo que sabemos- pasó a su  amigo y maestro don Marcelino Menéndez Pelayo. De Guadalcanal, en la sierra norte sevillana, son las versiones de La infanticida, Blancaflor y Filomena, La esposa infiel, Delgadina y El Conde Sol que Juan Antonio de la Torre y Salvador, Micrófilo, publicó en su libro un capítulo del Folk-lore guadalcanalense (Sevilla, 1891). (Piñero y Atero, 1986c, y Piñero y Rodríguez Baltanás, 1992)

Algunas versiones más –pero no muchas- pueden añadirse a este corpus de romances que en el curso del siglo XIX se fue reuniendo en Andalucía. Al finalizar la centuria, Menéndez Pelayo publicó en los “Apéndices y suplementos a la Primavera y flor de romances de Wolf y Hoffman” un buen número de romances populares recogidos de la tradición oral, entre los que se cuentan algunas versiones andaluzas facilitadas, las más de ellas, por Rodríguez Marín. Esta es precisamente una versión sevillana de Osuna del romance de Lucas Barroso, publicada por don Marcelino en su colección:

            Allá va Lucas Barroso,    vaquero de gallardía;

            lleva las vacas cansadas    de subir cuestas arriba,

            de pelear con los moros    dos o tres veces al día:

            una vez por la mañana,    otra vez al mediodía,

            y otra vez allá a la tarde,    cuando el sol se trasponía.

            - Suba, suba, mi ganado,    por las cañadas arriba,

            que si algún daño jiciere    mi amo lo pagaría

            con el mejor becerrillo    que hubiere en la vaquería,

            hijo del toro Pintado    y de la vaca Giraldilla:

la crió Dios tan ligera,    que volaba, y no corría.

 

Esta fue la cosecha romancística del siglo XIX, que en comparación con la recogida en otras regiones españolas no estuvo nada mal. Cuando se esperaba que fuera Castilla, que se consideraba la tierra del romancero por antonomasia, la que aportara mayor número de textos al romancero de la tradición moderna, resultó que fueron las zonas periféricas peninsulares, entre ellas la andaluza, las que dieron mejores frutos. (Piñero y Atero, 1986a: 21-25).

 

EL ROMANCERO EN EL SIGLO XX.

Las cosas cambiaron notablemente a partir de los primeros decenios del siglo XX, desde el momento en que don Ramón Menéndez Pidal se convierte en el maestro indiscutible de la investigación del romancero hispánico. Y aunque su trabajo personal se orientó con preferencia a Castilla y al Norte peninsular, sus proyectos también se fueron realizando en el Sur por varios de sus colaboradores: Juan Marqués Merchán encuestó en Málaga, Gloria Giner de los Ríos en Granada, Juan Tamayo y Francisco en Almería, Eduardo Martínez Torner en Huelva, Aurelio M. Espinosa en Cádiz, y Manuel Manrique de Lara en Sevilla, Córdoba y otros enclaves de la Andalucía Occidental (Cid, 1999).

El trabajo de este último investigador, entusiasta e infatigable como ninguno, obtuvo resultados excepcionales, entre los que hay que destacar el romancero que le recogió a Juan José Niño, un gitano oriundo del Puerto de Santa María que vivía en Sevilla en el segundo decenio del siglo XX (Suárez, 1989, y Catarella, 1993). Los gitanos de determinadas zonas de la Andalucía occidental (Sevilla, Puerto de Santa María, Lebrija, Utrera, Morón, Mairena del Alcor, y pocas más) mantuvieron un romancero especial, muy diferente al del resto de los andaluces. Es el suyo un repertorio muy conservador que contiene temas épico-históricos antiguos, propios de quienes los aprendieron de pliegos y se los pasaron de padres a hijos, cantándolos profesionalmente para ganarse la vida ni más ni menos que como los juglares de épocas pretéritas.

Estos temas, cuyas versiones son ya muy difíciles de encontrar, salvo quizá en el Puerto de Santa María, han llamado la atención a los historiadores porque algunos de ellos son excepcionalmente raros en la tradición moderna en toda la geografía panhispánica del romancero. He aquí una muestra de una versión del Romance de Conde Claros preso, recogida (incompleta) a Juan José Niño: (Catarella, 1993: 36)

            Buena mañanita hace,    los gallos quieren cantar,

            los amores al conde Claros    no lo dejan reposar:        

            - Ven acá, mi camarero,    dame vestir y calzar,

            dame borceguíes de seda    aforrados en tafetán,

            con un riquito caballo    que en Sevilla no haya tal,

            con trescientos cascabeles    en derredor del petral,

            un ciento fuera de oro    y otro ciento de metal,

            y otro ciento de plata    pa mi caballo adornar.-

            Ya salió el conde Claros    con pensamiento ‘e cazar;

            se encontró con la infanta    que iba para bañar.

            Asín que lo vio la infanta    lo comenzó a enamorar:

            - ¡Qué buen cuerpo tenéis, conde,    pa con moritos batallar!

            - Más bueno lo tengo, mi infanta,    pa con damitas gozar,

            y al otro día de mañana    con cien moros batallar,

            si a todos no los  venciere    me mandáis ahorcar.

- Déjame d’ir, conde Claros,    a los baños a bañar,

            que después que esté bañada    gozarás tu desear.

            - Dejáis de saber, señá infanta,    que soy cazador real,

            y la caza que yo cazo,    yo no la vuelvo a soltar.-

            Él la agarró por la mano    se la llevó más allá

            y al pie de un verde limón    y a la sombra de un rosal

            dulces y besos se daban,    dulces y besos se dan.

            Por ahí pasó un  cazador,   que no debió de pasar:

            - Por Dos te pido, cazador,    y la Santa Trinidad,

            que de esto que aquí habéis visto    no digas en palacio na’.

            Yo te daré tierras,    te doy un olivar,

            y la señora infanta    otro tanto te dará.-

            El cazador no haciendo caso,    al palacio él se va:

            - De ahí sabed, señor rey,    traigo una mala embajá;

            su hija la infanta    con el conde Claros está,

            al pie de un verde limón    y a la sombra de un rosal,

            dulces y besos se daban,    dulces y besos se dan.

            - Para que otra que veas no digas    yo te mando yo ahorcar.

 

Luego ha habido otra hornada de encuestadores y estudiosos a mediados de la centuria, de menor importancia y más reducidos resultados. Años después, pasado el ecuador del siglo, se ha incrementado la investigación, y en los decenios de 1960 y 1970 hay que resaltar las llevadas a cabo por dos maestros indiscutibles, cada uno en su estilo, Diego Catalán y su equipo del Seminario Menéndez Pidal, y Manuel Alvar desde su cátedra en la Universidad de Granada que ocupaba por aquellos mismos años. Los trabajos de campo, la investigación y el estudio del romancero andaluz vienen siendo muy atendidos en los últimos tiempos por otros grupos de trabajo constituidos en diferentes provincias, de modo muy especial por el equipo de investigación de la Universidad de Sevilla y la Fundación Machado, dirigido por el catedrático de ese centro y primer presidente de esta Fundación, Pedro M. Piñero, con el que colaboran Antonio J. Pérez Castellano, Enrique Baltanás, Manuel Fernández Gamero, José Luis Agúndez García y otros.

Más que a un Romancero andaluz, hay que referirse a un romancero conservado en Andalucía, puesto que éste es un género hispánico por excelencia y los temas que se cantan aquí son los que se saben por toda la Península y el amplio mundo panhispánico. Pero esto no quiere decir que el repertorio andaluz no tenga sus propios rasgos que singularizan las versiones cantadas por estas tierras meridionales. El romancero peninsular, según Menéndez Pidal (1953  y 1973), se divide en dos grandes zonas, cada una con sus características diferenciadoras: la zona Noroeste y la Sureste. Esta última tiene su foco central en Andalucía de donde irradian las peculiaridades y novedades a otras regiones más alejadas.

De entrada hay que decir que el romancero andaluz es el más innovador y sus versiones son las más modernas y de mayor fuerza expansiva por toda la Península, al tiempo que las más simplificadas y reducidas, todo lo cual conduce a una manifiesta uniformidad en las versiones andaluzas, que, en muchos casos, se convierten en las llamadas vulgatas, conocidas también más allá de los límites geográficos de Andalucía (Piñero y Atero, 1989). Además, en este proceso reductor, y como último estadío del mismo, se llega, con mucha frecuencia, al romancero infantil, muy abundante por estas tierras meridionales.

Salvo escasas excepciones –los núcleos de gitanos de Sevilla y el Puerto de Santa María a que nos hemos referido antes- no hay entre los romances cantados en Andalucía en los tiempos contemporáneos restos de temas históricos ni épicos. Los únicos –y estos muy contados- atienden a asuntos contemporáneos (Prim, Mariana Pineda, Guerras de Marruecos, Alfonso XII, etc.). Reproduzco una versión de Mariana Pineda que recogimos en Mairena del Alcor, en 1983 (Piñero y Atero, 1986a: 48-49):

            Marianita salió de paseo,    Marianita salió a pasear,

            cuatro guardias llevaba a su espalda,    cuatro guardias de seguridad.

            - Marianita, tu cuerpo queremos,    y tu boca queremos besar.

            - De mis manos, to lo que queráis,    de mi cuerpo y mi boca na,

            porque entonces diría la gente:    Marianita ha manchado su amor.-

            Marianita se fue pa su casa,    la bandera se puso a bordar,

            la bandera de los tres colores:    amarilla, verde y morá;

            la bandera de los tres colores,    la bandera de la libertad.

            De momento llaman a la puerta    cuatro guardias de seguridad,

            Marianita la cogió en sus brazos,    su delito no pudo evitar:

            - Marianita, declara, declara:    ¿La bandera, quién la había bordao,

            la bandera de los tres colores,    la bandera de la libertad?

            - Si declaro muere mucha gente…    No declaro, muero yo na más.-

            Marianita la llevan a la horca,    a la horca por no declarar.

            Le pusieron sus hijos delante    a ver si podía declarar,

            y hasta el más chiquitito decía:    - Vente a casa, querida mamá.

            - Que me quiten mis hijos delante,   que los lleven donde no los vea yo,

            que me den una muerte ligera,    lo deseo por amor de Dios.-

            El verdugo al tirar de la cuerda,    su garganta unida quedó.

            ¡Qué carita más linda y más bella,    más bonita que la luz del sol!

            ¡Una cara más linda y más bella,    más bonita que la luz del sol!

 

Lo que le interesa a los andaluces, en lo que atañe a la fábula, son los temas novelescos, cuyas historias intemporales ofrecen un código de actuación y unas actitudes ante determinadas situaciones, con comportamientos paradigmáticos que se sancionan en el marco de una moral popular y conservadora: narraciones de mujeres malvadas y matadoras (La serrana de la Vera), y valerosas (La doncella guerrera); historias de adulterio (Albaniña, La adúltera del cebollero, La infanticida, Bernal Francés), de incestos (Tamar, Delgadina, Silvana), de violaciones (Blancaflor y Filomena), de abandono de parturientas (Casada de lejas tierras), soledad de la joven casada, cuando no son malcasadas (La mala suegra, Me casó mi madre, La mujer del pastor), comportamientos ante la variedad de casos relacionados con la vida amorosa de la mujer (Lux Aeterna, La muerte ocultada, La mala hierba, Las señas del esposo, Conde Niño, El quintado, Polonia, Gerineldo, La Condesita, La dama y el pastor, Conde Claros, Los primos romeros); historias de cautivos (Don Bueso, Las tres cautivas, Hermanas reina y cautiva, El prisionero), etc., temas todos, por lo demás, con abundantes motivos folclóricos universales. Como ejemplo de mujer adúltera presentamos una versión del Romance de Blancaniña, cantada en Algar (Piñero, 1999: 389-392):

            Estando una señorita    sentadita en su balcón,

            ha pasado un caballero,    hijo del emperador:

            - Durmiera contigo, luna,    durmiera contigo, sol.-

            La señora le responde:    - Duerma usted una noche o dos.

            Mi marido está cazando    en los montes de León;

            para que no vuelva más    le echaré una maldición:

            cuervos le saquen los ojos,    águilas el corazón.-

            Estando en estas razones    el caballero que entró:

            - ¿Dónde pongo mi caballo?-    En la cuadra lo metió.

            - ¿Dónde pongo mi escopeta?-    - Póngala usted en un rincón.-

            - ¿Dónde pongo mi sombrero?-    En la percha lo colgó.

            - ¿Y dónde pongo mi cuerpo?-    En la cama lo metió.

            Estando en estas razones    el marido que llegó:

            - Ábreme la puerta, luna,    ábreme la puerta, sol,

            que traigo un cuervo chiquito    de los montes de León.

            O tú tienes calentura    o tú tienes nuevo amor.-

            - Ni yo tengo calentura    ni yo tengo nuevo amor:

            se me ha perdido las llaves    de tu rico comedor.-

            - Si tú las tienes de plata,   de oro las traigo yo.-

            Estando en estas razones    el caballo relinchó.

            - ¿De quién es ese caballo    que en la cuadra siento yo?-

            - Tuyo, tuyo, dueño mío,    mi padre te lo mandó

            pa que vayas a cazar     a los montes de León.-

            - Viva tu padre cien años,    que caballo tengo yo;

            cuando yo no lo tenía    tu padre no me lo dio.-

            Estando en estas razones    hacia el rincón reparó:

            - ¿De quién es esa escopeta    que en el rincón veo yo?-

            - Tuya, tuya, dueño mío,    mi padre te la mandó

            pa que vayas a cazar    a los montes de León.-

            - Viva tu padre cien años,    que escopeta tengo yo;

            cuando yo no la tenía    tu padre no me la dio.-

            Estando en estas razones    hacia la percha miró:

            - ¿De quién es ese sombrero    que en la percha veo yo?-

            - Tuyo, tuyo, dueño mío,    mi padre te lo mandó

            pa que vayas a la boda    de mi hermana la mayor.-

            - Viva tu padre cien años,    que sombrero tengo yo;

            cuando yo no lo tenía    tu padre no me lo dio.-

            Estando en estas razones    el caballero tosió:

            - ¿Quién es ese caballero    que en la alcoba siento yo?-

            - Mátame, marido mío:    te he jugado una traición.-

            - Que te mate Dios del cielo,    que fue el que te crió.-

            La ha agarrado de la mano    y a su padre la llevó:

            - Aquí tiene usted a su hija:    me ha jugado una traición.-

            - Haz con ella lo que quieras    que la iglesia te la dio.-

            La ha agarrado de la mano    y hacia un monte la llevó,

            y le dio tres puñaladas    que le partió el corazón.

            A la una murió ella    y a las dos murió el traidor.

 

Es también un romancero rico en temas religiosos (Marinero al agua, Santa Catalina, Santa Elena, La Samaritana, San Antonio y los pájaros), sobre todo de asuntos navideños. Esta es una versión malagueña, de Sierra de Yeguas, del romance de Santa Elena, que canta por toda Andalucía (Piñero y Atero, 1986a: 171):

            Estando tres niñas    bordando corbatas,

            agujas de oro,    dedales de plata,

            pasó un caballero    pidiendo posada:

            - Si mi madre quiere,    yo de buena gana.-

            Le puso la mesa    en medio la sala,

            manteles de hilo,    cubiertos de plata;

            le puso la cama    en medio la sala,

            colchones de hilo,    sábanas de Holanda.

            A la medianoche    fue y se levantó,

            de las tres que había    a Elena cogió.

            La montó a caballo    y se la llevó,

            y en un campamento    allí la mató.

            A los veinte años    por allí pasó,

            tiró de una mata    y Elena salió:

            - Di, niña bonita,    di cómo te llamas.

            - En mi casa Elena,    aquí desgraciada.

 

Del mismo modo, como queda dicho, es abundante el romancero infantil (Don Gato, Mambrú, La viudita del conde Laurel, etc.). ¿Quién no ha oído por las plazuelas o en las callejas de numerosos pueblos andaluces una versión de La viudita del conde Laurel parecida a ésta que grabamos en Bornos (Cádiz)?:

            - Yo soy la viudita    del conde Laurel

            que quiero casarme    y no encuentro con quién.

            - Si quieres casarte    y no encuentras con quién,

            escoge a tu gusto,    aquí tienes quién.

            - Escojo a María    por ser la más bella

            de blancas estrellas    y blanco jazmín.

 

A esta somera relación de romances tradicionales (o, en algunos casos, vulgares  tradicionalizados) hay que añadir que todavía se cantan romances de ciego o de cordel de cierta difusión (Lolita y el novio, El crimen de Don Benito, Enrique y Lola, Hija abandonada y reunida con su padre, El niño abandonado, Conflictos de conciencia en la guerrilla cubana, Agustinita y Redondo). De éste último, muy extendido, ofrecemos una versión granadina de Churriana de la Vega (Escribano y otros, 1990: 15):

            En el Cortijo Montefrío    había una señorita,

            hija de Antonio Moreno    que se llamaba Mariquita.

            Estando un día sentada    con su Redondo en la puerta

            llegó su padre cruel,    la trató de sinvergüenza.

            Redondo tomó una mula,    se marcha para Triana,

            y ella se mete pa dentro    llorando y avergonzada.

            - Redondo, qué mala estoy;    Redondo, voy a morir,

            dile a mi padre que venga    si se quiere despedir.-

            El entierro iba delante,    el duelo iba detrás,

            y el cruel de su padre    liando un cigarro va.

            Al llegar al cementerio    Redondo fue y la besó,

            y el muy cruel de su padre    tres puñaladas le dio.

 

Como se ve, la mujer es el eje temático del romancero y también es ella la que, salvo excepciones contadas, mantiene la tradición romancística, que por estas tierras andaluzas se encuentra en la actualidad en franco retroceso por diversas causas: han desaparecido, al mecanizarse, los trabajos agrícolas que se realizaban en grupos o cuadrillas; el romance se cantaba en el verdeo de la aceituna, en las largas jornadas de la siega, en las labores de la vendimia. Ya no se hace vida en los cortijos, sino que la gente vuelve al pueblo una vez ha terminado la faena diaria, con lo que se acabaron las reuniones nocturnas en las que se entretenía el tiempo con narraciones, cuentos y canciones tradicionales, entre ellas el romance. Las mujeres dedican mucho menos tiempo a las labores domésticas, muchas de las cuales (coser, bordar, planchar, hacer dulces, realizar las faenas de la matanza, etc.) se llevaban a cabo en grupo, como lavar la ropa en común a orillas de los ríos o en las fuentes de las plazas públicas y los nacimientos. Ni es tan frecuente que las abuelas acunen a sus nietecitos, a los que dormían con nanas y romances.

Por otro lado, los poderosos medios de comunicación actuales, de modo especial el transistor y la televisión, y la facilidad de los viajes –por no hablar de los movimientos migratorios de los andaluces que en las primeras décadas de la segunda mitad el siglo XX abandonaron sus pueblos buscando el trabajo que aquí no encontraban- han ido minando la literatura tradicional de transmisión oral que mantenía sus rasgos diferenciadores de una región a otra, y ha tenido que dejar su lugar a una canción que es común en todas las zonas peninsulares, por no decir en todo el ancho mundo. Además, para que no falte nada, otro tipo de canción popular ha desplazado a los viejos romances, como ha ocurrido con el flamenco en determinadas zonas; por ejemplo, el fandango y las sevillanas rocieras han acallado, en gran medida, la tradición romanceril de la provincia de Huelva, como las chirigotas carnavalescas gaditanas han ido quitando terreno a la presencia del romancero –y de la canción lírica popular- en la vida diaria.

Es difícil, muy difícil, que el romance se oiga de modo espontáneo. Los niños, en sus juegos,  cantan todavía versiones infantiles de algunos temas muy conocidos. También se oyen en la Navidad romances religiosos en el repertorio de los villancicos. Sólo en contados momentos de la vida de los andaluces, y en zonas muy concretas, se cantan romances. En nuestra labor recolectora, que nos ha llevado por numerosísimos pueblos andaluces, sólo en dos ocasiones hemos oído romances sin preguntar por ellos: en las zambombas de Arcos de la Frontera y Jerez, que se organizan en las fiestas navideñas, y en las faenas de pescas y almadrabas del litoral atlántico gaditano, de Conil a Tarifa.

En el primer caso, el romance forma parte de un repertorio de canciones más amplio que un grupo de hombres y mujeres –estas más numerosas que aquellos- canta en torno a un fuego alimentado en un barreño u otro recipiente, y acompañados de instrumentos musicales domésticos. Por lo general, los temas no son religiosos, sino laicos e incluso erótico-jocosos (ahí entran los romances más diversos), y tienen lugar en los patios o puertas de las casas, al tiempo que se toma unas copitas y se invita a los que se paran a escuchar (Piñero y Atero, 1986b). En la pesca sirven para marcar, con la melodía, el ritmo de los remos, de modo que no es nada extraño oír un Tamar con ritmo de saloma, o una Loba parda con la melodía de cantiña o talla (Piñero y Atero, 1986a: 30-33).

De todas formas, aunque el romancero agoniza sin remedio, todavía, si se tiene suerte y paciencia, se puede oír cantar en algún pueblo andaluz romances, como esta versión de Silvana de Tabernas (Almería):

Silvana se paseaba    por una alameda florida,

su padre que la miraba    por un mirador que había.

- Silvana, si tú quisieras    ser de tu padre querida,

te vestiría de oro,    de plata te calzaría.

- Y las penas del infierno,    padre, ¿quién las pasaría?-

- Hay un Padre Santo en Roma    que a los dos perdonaría.-

- Y también hay un solo Dios    que a los dos castigaría.-

- Madre, si usted es mi madre,    a decírselo me obliga,

que el pícaro de mi padre    que me quiere por querida.-

- Silvana, si tú quisieras    todo esto se acabaría:

nos mudaremos de ropa,    yo la tuya y tú la mía.-

Silvana se la quitaba,     su madre se la ponía.

Al otro día de mañana    subió arriba de seguida:

- Buenos días tenga el rey.-    - Adiós, Silvanita mía.-

- Yo no soy tu hija Silvana,    que soy tres veces parida:

primero nació Juanita,     segundo doña María,

última tu hija Silvana,    la que tienes por querida.-

Al oír estas palabras    cayó al suelo de seguida.

Le echaron agua por la cara    por ver si en sí volvía,

y cuando ya en sí volvió:    - Adiós, Silvanita mía,

que has sabido defender    tu honra y también la mía.

 

 

 

 

Referencias bibliográficas.

 

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Piñero Ramírez, P. M.: Romancero. Biblioteca Nueva. Madrid. 1999.

Piñero, P. M. y Atero, V.: Romancero andaluz de tradición oral.  Editoriales Andaluzas Unidas (Col. “Biblioteca de la Cultura Andaluza”, 53). Sevilla. 1986 (a)

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