FOLK-LORE Y FOLKLORISTAS DEL XIX EN ANDALUCÍA: HACIA UNA NUEVA VALORACIÓN.

 

Enrique BALTANÁS

(Universidad de Sevilla y Fundación Machado)

 

 

 

 

 

1. LOS ORÍGENES DEL FOLK-LORE EN EUROPA Y ESPAÑA

 

 

El término ‘Folk-Lore’ es, como se sabe, de origen anglosajón, y aglutina los significados de ‘pueblo’, ‘gente’ (folk) y ‘saber’ (lore). Fue acuñado y propuesto por primera vez en el periódico londinense The Ateneum, el 22 de agosto de 1846, por el arqueólogo William J. Thoms, a quien se unirían más tarde mitógrafos, historiadores, psicólogos, filólogos, etnógrafos, antropólogos, etc., para fundar, en 1878, la Folk-Lore Society, cuyos Estatutos, en su artículo primero, declaraban: “La Sociedad del Folk-Lore tiene por objeto la conservación y la publicación de las tradiciones populares, baladas legendarias, proverbios locales, dichos vulgares, supersticiones y antiguas costumbres (inglesas y extranjeras), y demás materiales concernientes a esto”. Esta labor fue desarrollada a través del anuario Folk-Lore Record que más tarde, con periodicidad trimestral, pasó a denominarse Folk-Lore Journal. El principal impulsor de la Folk-Lore Society fue G. Laurence Gomme para quien, en 1881, “el Folk-Lore representa la historia de un pueblo en aquel periodo de cultura en que la famosa ley no escrita y la reglamentaria se confunden, pudiendo por esto llamarse historia tradicional, que comprende también la historia no escrita de los tiempos primitivos, representada en aquellas costumbres y ceremonias antiguas, que, descartadas de la parte más escogida de la sociedad, van convirtiéndose gradualmente en la superstición y tradiciones de las clases incultas, y sobreviven en forma de poesía infantil, de cuentos de nodrizas, y en la ciega reverencia a ciertas fórmulas y ritos”.

Pero si tanto el término, Folk-Lore, como la fórmula asociativa, Folk-Lore Society, hicieron fortuna y se propagaron por toda Europa, lo cierto es que ni carecían de antecedentes ni faltaron iniciativas paralelas, más o menos semejantes, en diversos países del viejo continente.

Un renovado interés por las tradiciones populares flotaba en el ambiente desde el Romanticismo, e incluso antes. En Alemania, hay que destacar la figura de Johann Gottfried Herder (1744-1803), autor de una obra de notable influencia, Stimmen der Völker in Liedern (las voces de los pueblos a través de sus cantos) y, sobre todo, la de los hermanos Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859) Grimm, cuya obra Cuentos infantiles y del hogar (1812), recogidos más o menos fielmente de la tradición oral, marcó un hito en esta nueva consideración de lo popular. En Italia, precedida de una intensa recolección y edición de tradiciones y textos populares a cargo de varios autores, se funda 1872 la Rivista di Litterature Popolare, bajo la dirección de Giuseppe Pitré, impulsor asimismo de otra publicación periódica, el Archivio per lo studio delle tradizioni popolari, y autor de una vasta obra folklorística. En Francia, revistas como Melusine (1877) o Almanach des traditions populaires (1882), dieron paso a la fundación de diversas empresas e instituciones folklorísticas: “El ejemplo de la Sociedad del Folk-Lore, de Londres, desde 1878 —relata A. Guichot— , y la activa propaganda de las sociedades folklóricas que se constituyeron en España, desde 1881, y la formación del Folk-Lore italiano en 1884, estimularon el pensamiento de los señores Sébillot, Rolland, Paris, Gaidoz, Cosquin, Brueyre, Bladé, y otros, para constituir ‘un vínculo común que reuniese a todos aquellos que, con títulos diversos, se interesaban por los estudios y las colecciones de tradicionismo, y después de dos o tres años se agitaba la idea de fundar una Sociedad ampliamente abierta a los aficionados, a los artistas, a los escritores, también a los recolectores, a los sabios y a los eruditos’. Y en Mayo de 1886 se constituyó la Sociedad de Tradiciones populares, establecida en el Museo de Etnografía del Trocadero, de París, con numerosos asociados, que a los dos años llegaron a trescientos. Esta Sociedad se hizo cargo de las Comidas mensuales de mi Madre la Oca, publicó desde su constitución la Revista de Tradiciones populares, y ordenó, también desde 1886, su Anuario, conteniendo estatutos y reglamentos, listas de comité y de asociados, noticias y bibliografías, estudios y comentarios”. Otro tanto puede decirse de Portugal, donde el ejemplo del Romanceiro de Almeida Garrett (1799-1854) fue reorientado en un sentido positivista, y no ya romántico, por la gigantesca figura del poeta, historiador y político Teófilo Braga (1843-1924), y asimismo de otros países del norte y este de Europa. En suma, puede decirse que el Folk-Lore se constituía en la “ciencia nueva” que apasionaba a los estudiosos europeos.

Contra lo que pudiera pensarse, en este aspecto la cultura española —como tantas veces ha ocurrido— no quedó al margen, ni a la zaga, de lo que sucedía en la cultura europea. En perfecta sincronía con el Folk-Lore europeo surgió el Folk-Lore en España. Y en la avanzadilla de este movimiento figuraba un grupo de eminentes andaluces.

 

 

2. LA FUNDACIÓN DE LA SOCIEDAD “EL FOLK-LORE ANDALUZ”

 

De hecho, la proclamación de las Bases de El Folk-Lore Español (3 de noviembre de 1881) y la constitución de El Folk-Lore Andaluz (23 de noviembre del mismo año) fue casi simultánea, y a cargo e iniciativa de la misma persona: Antonio Machado y Álvarez, Demófilo. El acta de constitución de la Sociedad del Folk-Lore Andaluz comenzaba diciendo:

“En la ciudad de Sevilla, a veintiocho días del mes de Noviembre de mil ochocientos ochenta y uno, siendo las ocho de la noche, por invitación del Sr. D. Antonio Machado y Álvarez, miembro de la Folk-Lore Society fundada en Londres, se reunieron en la casa número veintidós de la calle O’Donnell los señores que abajo firman...” (Esta casa era el domicilio del propio Machado y Álvarez).

La Junta facultativa de la sociedad quedó presidida por D. José María Asensio y Toledo, y compuesta por los señores D. Antonio María García Blanco, D. Antonio Machado y Núñez, D. Gonzalo Segovia Ardizone, D. Rodrigo Sanjurjo, D. Joaquín Guichot y Parody, D. Fernando Belmonte Clemente, D. Francisco Rodríguez Marín, D. Siro García del Mazo y D. Manuel Sales y Ferré, resultando nombrado Secretario D. Antonio Machado y Álvarez.

En marzo de 1882 comenzó la publicación de la revista mensual El Folk-lore Andaluz, órgano de la Sociedad de este nombre y que, aunque sólo llegó al año siguiente, dio cabida a interesantes trabajos tanto de miembros de la Sociedad como de folkloristas extranjeros.

La Sociedad andaluza perseguía, en su ámbito, los mismos fines que se declaraban para la Sociedad española:

“Esta Sociedad tiene por objeto recoger, acopiar y publicar todos los conocimientos de nuestro pueblo en los diversos ramos de la ciencia (medicina, higiene, botánica, política, moral, agricultura, etc.); los proverbios, cantares, adivinanzas, cuentos, leyendas, fábulas, tradiciones y demás formas poéticas y literarias; los usos, costumbres, ceremonias, espectáculos y fiestas familiares, locales y nacionales; los ritos, creencias, supersticiones, mitos y juegos infantiles en que se conservan más principalmente los vestigios de civilizaciones pasadas; las locuciones, giros, traba-lenguas, frases hechas, motes y apodos, modismos, provincialismos y voces infantiles; los nombres de sitios, pueblos y lugares, de piedras, animales y plantas; y, en suma, todos los elementos constitutivos del genio, del saber y del idioma patrios, contenidos en la tradición oral y en los monumentos escritos, como materiales indispensables para el conocimiento y reconstrucción científica de la historia y de la cultura españolas.”

Los folkloristas andaluces, sin embargo, tuvieron un concepto regionalista y descentralizado, de tal modo que la Sociedad poseía un carácter federativo. Así se expresaba en la segunda de las bases.

“Esta Sociedad constará de tantos centros cuantas son las regiones que constituyen la nacionalidad española. Esta regiones son: La Castellana (Dos Castillas).- La Gallega.- La Aragonesa.- La Asturiana.- La Andaluza.- La Extremeña.- La Leonesa.- La Catalana.- La Valenciana.- La Murciana.- La Vasco-Navarra.- La Balear.- La Canaria.- La Cubana.- La Puerto-Riqueña y –La Filipina.”

No obstante, el Folk-Lore Español, como tal, nunca llegó a constituirse. Sólo se redactaron las Bases, que sirvieron de orientación para las diversas sociedades regionales que llegaron a formarse (Galicia, Extremadura...). Quedaba claro que el Folk-Lore, ciencia nueva, tenía su foco de irradiación en Andalucía y su epicentro en Sevilla.

Ciertamente, sin embargo, la nueva ciencia del Folk-Lore no partía de cero. Los románticos españoles, en sintonía con el Romanticismo europeo, habían reiniciado el interés por las tradiciones populares, especialmente en lo que toca a la recuperación de romances, refranes, canciones y leyendas populares. Ya entre 1828 a 1832 fue publicando Agustín Durán los cinco volúmenes de sus Romances castellanos anteriores al siglo XVIII, que posteriormente se convirtió en su célebre Romancero general al recogerse en dos volúmenes (1849 y 1851) formando parte de la “Biblioteca de Autores Españoles” de Rivadeneyra. De 1848 es la primera edición del Romancerillo catalán de Manuel Milà i Fontanals, y en 1861 se publicó el libro de José Amador de los Ríos Poesía popular de España. Romances tradicionales de Asturias. En el campo de la canción lírica fue hito relevante la aparición del Cancionero popular (1865) del historiador y arabista malagueño Emilio Lafuente y Alcántara, que ya contaba con el precedente sentado por el dramaturgo y poeta romántico gaditano Antonio García Gutiérrez, que había dedicado su discurso de ingreso en la Real Academia precisamente al tema de la poesía popular castellana, expresada en coplas y refranes (1862). En el campo del refranero, de antiguo y arraigado cultivo en la literatura castellana, bastará con citar las dos obras del médico Pedro Felipe Monlau, Higiene en refranes castellanos y La agricultura en refranes (ambas de 1858).

Por lo que se refiere a Andalucía, el más directo antecedente del Folk-Lore, pero dentro aún de la generación romántica, es la obra de doña Cecilia Böhl de Faber y Larrea, que publicó dos colecciones de materiales recogidos por ellas misma: Cuentos y poesías populares andaluzas (1859) y Cuentos, oraciones, adivinanzas y refranes populares e infantiles (1877). Las leyendas fueron también abundantemente recogidas en Andalucía con anterioridad a la generación de Demófilo: recordemos, entre otros, las Tradiciones granadinas (1849) de José Soler de la Fuente, las Leyendas históricas y tradiciones (1867) de José Lamarque de Novoa, las Tradiciones sevillanas (1895-97) de Manuel Cano y Cueto, o las Leyendas y tradiciones populares (1876) del cordobés Teodomiro Ramírez de Arellano.

También el krausismo —al fin y al cabo, el krausismo no es sino una manifestación o variante de la filosofía romántica— guardó un vivo interés por la literatura popular, entendida como expresión del espíritu nacional (Volkgeist). El almeriense Federico de Castro, discípulo directo de Sanz del Río, fue catedrático de Metafísica en la Universidad de Sevilladonde influyó en el que había de ser el impulsor del Folk-Lore en Andalucía y España, su discípulo y amigo Antonio Machado y Álvarez.

Pese a estos precedentes, el Folk-Lore se iba a diferenciar netamente tanto del tradicionalismo romántico como del armonismo krausista. Esta diferenciación podría señalarse principalmente en tres aspectos:

a) la ampliación del campo a observar

b) la renovación metodológica

c) la fundamentación filosófica y científica

Efectivamente, románticos y krausistas se habían limitado a la literatura (romances, leyendas, cuentos, refranes..); los folkloristas, en cambio, extenderán su campo de estudio a prácticamente toda la actividad humana. En la primera de las Bases para la constitución de la Sociedad “El Folk-lore Español” se nos dirá:

“Esta Sociedad tiene por objeto recoger, acopiar y publicar todos los conocimientos de nuestro pueblo en los diversos ramos de la ciencia (medicina, higiene, botánica, política, moral, agricultura, etc.); los proverbios, cantares, adivinanzas, cuentos, leyendas, fábulas, tradiciones y demás formas poéticas y literarias; los usos, costumbres, ceremonias, espectáculos y fiestas familiares, locales y nacionales; los ritos, creencias, supersticiones, mitos y juegos infantiles en que se conservan más principalmente los vestigios de las civilizaciones pasadas; las locuciones, giros, traba-lenguas, frases hechas, motes y apodos, modismos, provincialismos y voces infantiles; los nombres de sitios, pueblos y lugares, de piedras, animales y plantas; y, en suma, todos los elementos constitutivos del genio, del saber y del idioma patrios, como materiales indispensables para el conocimiento y reconstrucción científica de la historia y de la cultura españolas”.

Igualmente se insistirá en la fiabilidad y rigurosidad de los métodos, en la primacía de la recolección sistemática sobre la elucubración teórica. En su importante ensayo sobre Poesía popular. Postscriptum a los Cantos populares españoles, Machado abundará en el superior valor, y en el carácter de paso previo e ineludible, que posee la copia abundante y fiel de materiales:

“Es necesario en estos, como en todos los estudios, pero acaso principalmente en estos, ir muy despacio para no incurrir en idealidades y errores de larga trascendencia que vienen a torcer el camino de los que, como el señor Marín y el señor Guichot, entran en el templo de la ciencia por la noble y amplia puerta del trabajo, trayendo como fruto de sus investigaciones riqueza inmensa de materiales que valen ellos por sí solos, aún inconexos todavía, mucho más que todas las elucubraciones filosóficas de los que carecemos de esa inmensa virtud  de consumir la vida acarreando, sin tallar aún, las piedras que han de servir de inquebrantable base al soberbio edificio cuyo trazo y plano acaso no lleguen a vislumbrar nuestros propios hijos.”

Para esta recopilación de materiales, los folkloristas se propusieron no sólo la mayor fidelidad, sino el empleo de las más modernas técnicas a su alcance, como así se estipulaba en la tercera de las Bases de la Sociedad: “En la recolección de materiales, todos y cada uno de los centros del Folk-Lore que se constituyan tendrán como principal objetivo la fidelidad en la transcripción y la mayor escrupulosidad en declarar la procedencia de las tradiciones o datos, etc., que recojan, utilizando, cuando el estado de sus recursos lo consienta, la escritura musical, dibujo, taquigrafía, fotografía y demás medios adecuados para obtener la fidelidad en la reproducción”.

Pero el respeto y la valoración del dato, de la noticia, del material en bruto, no eran sino la consecuencia de una nueva filosofía, el positivismo de A. Comte y H. Spencer, y de una nueva ciencia, la biología evolucionista de Ch. Darwin. La plena asunción de ambas corrientes, positivismo y evolucionismo, supondrá para Machado un verdadero “corte epistemológico” respecto a sus anteriores inclinaciones krausistas. Las alusiones a Darwin y Spencer serán siempre altamente elogiosas en sus escritos: “...los trabajos de Darwin, uno de los hombres más sabios de los tiempos modernos, y los de Heriberto Spencer, el primer pensador de Europa...”, nos dirá, por ejemplo, en su “Introducción” a El Folk-Lore Andaluz.

Además de estos tres aspectos —carácter totalizador del Folk-Lore, primacía del dato y renovación metódica, y positivismo evolucionista—, el Folk-Lore andaluz poseyó otras notas distintivas dignas de considerar.

En primer lugar, su concordancia con el folklorismo europeo del momento. No trabajaron aislados nuestros folkloristas, ni ajenos a lo que se hacía en otros países europeos. Por de pronto, las sociedades folklóricas que promovió Machado no eran sino trasunto, aunque original y no meramente imitativo, de la Folk-Lore Society londinense; y se anudaron, además, provechosas relaciones intelectuales y personales con los más importantes folkloristas europeos. Pero es que, además, los folkloristas andaluces jamás concibieron su objeto de estudio, el Folk-Lore andaluz y español, como ajeno al Folk-Lore europeo y universal. El comparatismo será también un método fundamental de los folkloristas. Recordemos tan sólo algunos títulos de Demófilo: “Sección de literatura popular. Analogía y semejanza entre algunas enigmas populares catalanas y andaluzas”, “Las adivinanzas (apuntes para un estudio). Analogía y semejanza entre algunos enigmas populares vascongados y andaluces”, “Adivinanzas francesas y españolas”.... Y refiriéndose a Rodríguez Marín, el propio Machado nos dirá:

“A más de las veintiséis obras españolas, el autor de Los cantos populares ha tenido a la vista, según nos indica en el índice bibliográfico, veintiséis de Italia, once de Francia, ocho de Portugal y dos alemanas; lo cual acredita que ha logrado, en menos de dos años, ponerse al tanto del inmenso desenvolvimiento que la demopsicología ha alcanzado en estos últimos tiempos en los países más adelantados.

Mediante estas notas comparativas, España tendrá ya nombre y representación en el concierto europeo, y, junto a la balada alemana, al rondeau francés, a la cantiga portuguesa, al rispetto italiano, resonará también la sentida y sintética copla andaluza, la dulcísima cantiga gallega, la expresiva corranda catalana y la canson mallorquina que, con la ingeniosa endevinalla de Valencia, la fantástica leyenda asturiana y vascuence, el romance castellano y el sustancioso refrán agrícola extremeño, llevarán a nuestros hermanos, especialmente a los que viven en nuestra propia península, el testimonio de que es una verdad la que tan elocuentemente llama Dalmedico La fratellanza dei popoli nelle tradizioni communi, y que los hombres son, desde su origen hasta el día, unos solidarios, no existiendo entre ellos otra diferencia que la correspondiente a los grados de cultura y de evolución en que cada uno se encuentra; por ser unas mismas las ideas que iluminan su inteligencia, y unos mismos los sentimientos que hacen latir sus corazones”.

En definitiva, los folkloristas andaluces eran ya conscientes de lo que, poco más tarde, en 1889, constataría en Francia el conde de Puymaigre: “Cuando los folkloristas comenzaron a relacionarse y a conocer los trabajos realizados en tantos diferentes países, notaron con grande admiración que tales cuentos o tales cantos, que se los imaginaban propios de determinados países, se hallaban en pueblos muy distantes entre sí; es decir, que una misma balada se encontraba extendida en la Champaña, sobre los bordes del Mosela, sobre las riberas del Loira, sobre las faldas de los Alpes italianos, en los valles de los Pirineos, en las cercanías de Lila, en los prados de  la baja Bretaña, bajo los frutales de la Normandía, bajo las moreras de la Provenza, y así mismo en Castilla, en Portugal, en Cataluña, a veces en Alemania y en Holanda, en Inglaterra y en Grecia, en todas partes, en una palabra”.

Así, El Folk-lore Andaluz no sólo acogerá colaboraciones como “Os jogos infantis em Portugal e Andalusia”, del propio Teófilo Braga (el artículo se publicó, además, en el original portugués) o “Analogía entre los cantares alpinos y los andaluces”, de Hugo Schuchardt, sino también traducciones, como la del artículo de William J. Thoms “Adivinación por medio del homóplato”, o reseñas y noticias bibliográficas de publicaciones españolas, italianas, inglesas, francesas y portuguesas.

A pesar de este internacionalismo de los folkloristas andaluces, estos no perdieron nunca de vista su objetivo más inmediato, que era recoger y valorar el Folk-Lore andaluz. En este sentido, las páginas de la revista constituyen un inventario de cosas antes desdeñadas por los eruditos, o no tenidas en cuenta suficientemente. Las supersticiones populares andaluzas fueron estudiadas por Alejandro Guichot y Sierra; los corrales de vecinos, por Luis Montoto; los cantes flamencos, por Demófilo... Ningún dato o pormenor de la vida del pueblo se despreciará por insignificante. Así, se recogerán los piropos, las oraciones, los juegos y rimas infantiles, los dictados tópicos, las recetas de cocina, las coplas, romances y cuentos, las leyendas, la toponimia, el habla vulgar, las creencias, los usos y las costumbres... En este sentido, por ejemplo, Rodríguez Garay nos informará de algunos usos y ceremonias nupciales, que inteligentemente relacionará con pervivencias de antiguas civilizaciones:

“...nos referimos a esas manifestaciones de mal gusto y nada edificantes de que son objeto los viudos que pasan a segundas nupcias; manifestaciones que llevan el nombre de cencerradas, sin duda alguna, por ser el cencerro el instrumento predominante de la serenata... En el Cerro (Huelva) no se libran de la cencerrada ni aún las solteras, y aquellas no se reducen  a una estrepitosa serenata. La noche de la boda se sitúan varios grupos, algo separados, en las inmediaciones de la casa de la novia. De uno de ellos sale una voz que pregunta:

—Compañero, ¿quién se casa?

—Fulana. —contesta una voz de otro de los grupos.

—¿Quién —replica un interlocutor—, aquella que hizo esto, lo otro o lo de más allá...

Y así, otro que se supone mejor enterado, tercia en la cuestión, sacando a relucir todos los chismes y cuentos que tan bien saben urdir en las aldeas, todo con voz plañidera, doliéndose de la vida infeliz que la suerte reserva al desposado, y acompañando cada nuevo insulto con soez vocerío e infernal estruendo.

Sólo por un lamentable e inconcebible atraso se explica esta costumbre. Ahora bien, las cencerradas tienen su origen en algunos usos romanos...

Así como los romanos, la Iglesia ha visto con malos ojos las segundas nupcias, hasta que hubo de tolerarlas, cosa por la cual no ha pasado el pueblo.

Con estos antecedentes y otros muchos que podríamos citar, pues la materia es inagotable, se demuestra hasta lo sumo la antigüedad y cosmopolitismo de ciertas costumbres, que si bien han variado en sus formas, porque no en balde influyen las civilizaciones y los tiempos, muestran en su fondo una misma esencia; diferencia aquella que, en último término, sólo acusa un fenómeno de polimorfismo”.

Desgraciadamente, la iniciativa del grupo sevillano (aunque no todos en él eran sevillanos: Sales y Ferré era de Tarragona) no consiguió extenderse a la totalidad de Andalucía. De hecho, sólo en la provincia de Cádiz llegó a constituirse una Sociedad, que en 1885 publicó (de julio a noviembre de ese año) un Boletín folklórico gaditano. En 1881 se había aprobado y enviado una Circular del Folk-Lore andaluz dirigida a las provincias andaluzas, en donde se manifestaba que “tratándose de andaluces, basta y sobra para comprender los dos fines principales que se propone esta Sociedad, a saber: recoger materiales para la verdadera historia de estas provincias, hasta ahora, como la de España, no escrita todavía, y poner de manifiesto ante el mundo entero el alma de esta privilegiada y originalísima raza andaluza, cuyos más secretos móviles y más hermosas y preciadas cualidades informan esa poesía y ese saber anónimos adonde los poetas y los sabios tienen que recurrir siempre que aspiran a producir creaciones inmortales....”

La Circular concluía con un deseo que no se cumplió: “Los que suscriben tienen la seguridad de que Andalucía responderá, como ella sabe hacerlo, al llamamiento de sus paisanos de Sevilla...”

Andalucía no sólo no respondió, sino que la propia Sociedad El Folk-Lore andaluz no consiguió realizar el inventario folkórico sistemático de la región al modo en que lo había hecho, por ejemplo, un Giuseppe Pitré para el caso de Sicilia. Pero para entender el fracaso, y la grandeza, del proyecto folklórico andaluz es preciso remontarse a la concepción que Machado y Álvarez tenía del Folk-Lore, y de los modos de llevarlo a cabo, además de las circunstancias que rodearon su vida y su obra.

 

 

3. ANTONIO MACHADO Y ÁLVAREZ: EL FOLK-LORE COMO “CIENCIA NUEVA”

 

Antonio Machado y Álvarez nació en Santiago de Compostela (en cuya Universidad su padre, Antonio Machado y Núñez ocupaba por entonces una cátedra de Historia Natural) el día seis de abril de 1846. Pero a los pocos días fue trasladado a Sevilla junto con su madre, Cipriana Álvarez Durán, muy quebrantada del parto. Posteriormente, también el padre volvería a Sevilla para ocupar una cátedra en su Universidad. En esta misma Universidad hispalense cursó Machado y Álvarez los estudios de Derecho y de Filosofía y Letras, llegando a doctorarse en esta última Facultad por la Universidad Central de Madrid, única que por entonces podía expedir títulos de Doctor. Durante sus estudios universitarios recibió la influencia de su maestro Federico de Castro, catedrático de Metafísica y representante de la línea krausista más ortodoxa. El pensamiento krausista vino a añadirse así al evolucionismo proveniente de su padre (uno de los primeros difusores españoles de las teorías de Darwin) y al amor por la literatura popular proveniente de su madre, sobrina de Agustín Durán, uno de los primeros estudiosos y editores del viejo romancero español. Posteriormente, Machado y Álvarez abrazaría las teorías positivistas de Herbert Spencer, alejándose de la filosofía krausista, aunque sin romper nunca los lazos con la Institución Libre de Enseñanza, a la que mandaría a educar a sus hijos Antonio y Manuel Machado Ruiz.

La actividad publicística de Machado y Álvarez se iniciaría colaborando en la Revista Mensual de Filosofía, Literatura y Ciencias de Sevilla, fundada a principios de 1869 por Antonio Machado y Núñez y Federico de Castro. Dicha revista representaba el nuevo espíritu liberal nacido a partir de la Revolución de Septiembre que destronó a Isabel II.

El programa de la Revista Mensual se sintetizaba en una declaración que figuró en su primer número:

              “La Redacción a sus lectores:

              La libertad de pensamiento, de asociación y de enseñanza, devolviendo a los científicos la individualidad que había absorbido el Gobierno, hasta donde esto es posible, mediante reglamentos y disposiciones represivas, exige órganos de inmediata y continua comunicación que, al par que sirvan de mutuo estímulo y ayuda, preparen la verdadera unidad que sólo puede resultar de racionales convicciones. Para cumplir estos fines, en cuanto esté de nuestra parte, hemos fundado esta Revista. Cualquiera que sea el mérito de su trabajo no obedecerá nunca más que a las elevadas aspiraciones de la Ciencia.” (núm. 1, 1869, p. 1)

El joven Machado y Álvarez colaboró en la Revista mensual con una sección genéricamente titulada “Apuntes para un artículo literario”, en la que llegó a publicar nueve artículos. En todos ellos aparecen ya las preocupaciones que van a informar toda la producción futura de Demófilo: la poesía popular y en general las creaciones populares, la fonética andaluza y los cantes flamencos. En el segundo de estos artículos, el subtitulado “Introducción al estudio de las canciones populares”, revelando aún esta influencia krausista, se expresaba en estos términos: “¿Queréis conocer la historia de un pueblo? Ved sus romances. ¿Aspiráis a saber de lo que es capaz? Estudiad sus cantares.”

La Revista mensual dejó de publicarse en 1874, el mismo año en que regresa al trono de España el Rey Alfonso XII, abriéndose así el periodo de la Restauración impulsada por el político malagueño Antonio Cánovas del Castillo. Aunque la Restauración se configuraba como un régimen constitucional, no faltaron episodios represivos protagonizados por los gobiernos conservadores. Así, en 1875, el ministro de Instrucción Pública Orovio dictaba una orden que iba a acabar con muchas de las conquistas de la etapa anterior en cuanto a libertad de cátedra se refiere. En concreto, se anulaban en dicha orden los artículos 16 y 17 del decreto del 21 de agosto de 1868, que estipulaban que “los profesores podrán señalar el libro de texto que se halle más en armonía con sus doctrinas, y adoptar el método de enseñanza que crean más conveniente”, y añadían que “quedan relevados de presentar el programa de la asignatura.” Estas medidas provocarían una ola de protesta y la consiguiente separación de sus cátedras de destacados profesores, como fue el caso de Nicolás Salmerón o Francisco Giner de los Ríos.

Este clima hostil, aunque permisivo, explica sin duda que Machado y Álvarez no siguiera la carrera docente, sino que, para ganarse la vida, tuviese que recurrir al ejercicio libre de su profesión de abogado. Pero sus intereses científicos quedaban ya perfilados, así como sus inquietudes culturales e ideológicas. A partir de 1879 lo encontraremos colaborando en La Enciclopedia (en la que fundaría y sostendría una “Sección de Literatura popular”) o participando en las sesiones del recién creado Ateneo hispalense. Fue en este último foro donde Machado y Álvarez dio carácter público a su alejamiento de las tesis krausistas y su acercamiento a los métodos positivistas, aunque este corte epistemológico no supusiera graves problemas de ruptura personal ni ideológica (alguien ha llegado a emplear el término de “krausopositivismo”). Pero, en definitiva, Machado y Álvarez pasa de la órbita de Federico de Castro (y de Krause) a la de Manuel Salés i Ferré (y de Spencer y Haeckel). Precisamente en unas conferencias dictadas en el Ateneo, declaraba Sales i Ferré cuáles iban a ser los nuevos principios metodológicos:

“Del reinado de la metafísica, que ha dado vida y dirección al pensamiento europeo durante más de tres siglos, como antes se la diera la teología, estamos pasando al de la investigación experimental, positiva, podemos decir; [...] positiva en el sentido del método que, sin desconocer a la inteligencia la cualidad de fuente propia de conocer, exige sin embargo a todo conocimiento, para que sea científico, base experimental; que considera a la experiencia no sólo como fuente de conocer sino como medio de comprobación universal, de tal manera que ningún conocimiento, por elevado que sea, debe ser considerado como tal si no tiene alguna raíz en el suelo de la experiencia...”

Estos nuevos principios hallarían su correlato en las palabras del propio Machado y Álvarez al frente de su “Sección  de literatura popular” de La Enciclopedia: “...nos proponemos como principal objetivo no teorizar, sino acarrear al tesoro científico adquirido el mayor número posible de creaciones populares...”

Esta nueva publicación, La Enciplopedia, reuniría a los jóvenes intelectuales más inquietos de la ciudad. Sobre todos ellos ejercería singular influencia la llegada a Sevilla del romanista austríaco Hugo Schuchardt, quien los puso en contacto con los principales estudiosos europeos y con las nuevas tendencias científicas, alentándolos y orientándolos en sus investigaciones.

El primer libro publicado por Machado y Álvarez, que comenzaría a popularizar su pseudónimo de Demófilo, sería la Colección de enigmas y adivinanzas en forma de diccionario (1880) y la Colección de cantes flamencos recogidos y anotados por Demófilo (1881). A estas obras seguirían numerosos artículos y publicaciones sobre juegos, cuentos, pregones, costumbres, romances, etc., utilizando métodos novedosos como la fotografía y la estadística para el estudio de estos materiales folklóricos.

Pero la obra a la que Machado y Álvarez se consagraría por entero sería la constitución de la Sociedad del Folk-Lore, considerándose siempre a sí mismo no más que un propagandista de esta causa. No obstante, esta empresa le llevaría a desarrollar un nuevo concepto del Folk-Lore, destacándose así no sólo como un organizador de sociedades o un mero recolector de materiales, sino como un importante teórico, no siempre bien comprendido.

En su artículo “Breves indicaciones acerca del significado y alcance del término Folk-lore” (1885) escribía:

“El Folk-Lore, a mi juicio, abarca, bajo un aspecto, toda la vida y todas las ciencias, y es, a su vez, una faz o aspecto de ellas. [...] Todo conocimiento de los que llamamos científicos ha sido folklórico en un principio, y aun quizá lo sigue siendo en una parte mínima. Como en definitiva la razón y la inteligencia humana son las que conocen, y por serlo, todos los hombres están dotados de inteligencia y de razón, el pueblo, que es una agrupación de hombres, tiene conocimientos, más o menos imperfectos, de todas las cosas. Mil veces se ha repetido que la Alquimia precedió a la Química; la Astrología a la Anatomía; el contar por los dedos de la mano, a las Matemáticas; y en Artes, el tosco instrumento que imitaba el monótono golpe de la gota de agua al caer sobre el suelo, a los infinitos y variados acordes del violín; los informes trazos hechos con un instrumento punzante en las pizarras o en las cortezas de los árboles, a las obras de los grandes maestros del dibujo; la pintura monocrómica o de un solo color, a los prodigios pictóricos que hoy admiramos. Ninguna de las maravillas científicas o artísticas de que la Humanidad se enorgullece brotó espontánea y repentinamente de la inteligencia humana, como supone la Biblia que se hizo la luz.”

Estas mismas ideas son las que le expresa, ampliándolas y matizándolas, a su corresponsal italiano, el célebre mitógrafo siciliano Giuseppe Pitrè:

“... me he atrevido a romper cortésmente una lanza con los ingleses, que sólo consideran, a mi juicio, el Folk-Lore por una de sus fases, como una especie de paleontología psicológica o arqueología del pensamiento humano y, por el lado de las costumbres, como una primitive culture. Frente a este sentido, que yo creo importante pero limitado, y estrecho, creo que debíamos los latinos y alemanes levantar el sentido demopsicológico, estudiando, no solamente las creencias (beliefs), sino los conocimientos, sentimientos e ideas, lo consciente y lo inconsciente, lo pasado y lo presente: todo lo que se refiere al pasado y al presente del espíritu y de la vida del pueblo.”

Y al portugués Teófilo Braga le indicará en otra carta que el Folk-Lore peninsular “debe, a mi juicio, tener un sentido más amplio, progresivo y democrático que El Folk-Lore Inglés, el cual considera el pueblo solamente como una inmensa cantera folklórica y el Folk-Lore en general como una verdadera Paleoideología o Paleoideología psicológica, si vale la expresión. Yo creo que en el Pueblo hay dos elementos: el que podríamos llamar estático y el dinámico, y que el Folk-Lore debe atender tanto por lo menos a este como al otro. [...] El Folk-Lore debe proponerse, a mi juicio, la incorporación del saber vulgar al saber científico, y traer a reflexión todo lo que es de razón natural en el pueblo. Espero con impaciencia su opinión sobre estos extremos.”

El Folk-Lore se constituye así, en el pensamiento de Machado y Álvarez, como una verdadera ciencia nueva, comprensiva de otras muchas, unificadas bajo el prisma de lo popular, es decir, de lo común entre los hombres. Esta concepción del Pueblo como humanidad anónima, es decir, como aquello que no es individual y que no se ha apartado de ese fondo común podemos constatarla en estas palabras de Machado escritas en su ensayo Poesía popular, que figuraba como epílogo del libro Cantos populares españoles de Rodríguez Marín, y en las que se distancia del concepto idealista, romántica y krausista de Pueblo:

“...no es ya para mí el pueblo un ser impersonal y fantástico, una especie de entelequia de que son órganos ciertos hombres a quienes por esta razón decimos del pueblo, sino el grado medio que resulta de la cultura de un número indeterminado de hombres anónimos, es decir, que no han tenido la energía orgánica necesaria para diferenciarse de los otros lo suficiente para tener una personalidad distinta y propia, razón que les obliga a aceptar y adoptar como suyo, completamente suyo, lo producido por otros. “

Junto a esta concepción teórica del Folk-Lore como actividad científica, Machado desarrollará un propósito regeneracionista para España. El Folk-Lore será no sólo la ciencia, sino la actividad y la organización que permitirá salir a España de su secular postración, a través del reconocimiento de sus raíces y de su implicación en una obra común.

Este “regerenacionismo folklórico” o “folklorismo regeneracionista” se encuentra corroborado por el importante artículo “El Folk-Lore Español. A los políticos españoles”, que Machado publicó en El Globo (4-XI-1883) y en La Ilustración Universal (30-XII-1883). En dicho artículo, parte Demófilo de una premisa que le separa radicalmente de los regionalistas y de los nacionalistas románticos (ya fuesen españolistas, vasquistas, catalanistas, etc.). Para Machado, la unidad de una nación, “más aún que en la comunidad de raza, de territorio y de idioma” debe buscarse “en una comunidad de ideas y de fines; más claro, en una obra de interés para todos”. Es preciso superar los particularismos, arrostrar una obra común. Sólo esto da vida y preserva la vida de una nación. “La falta de esta comunidad de intereses y de ideas —continúa allí diciendo Machado— hizo posible la dominación arábiga en España en tiempo de los reyes godos; la comunidad de ideas religiosas hizo posible la unidad de la patria en tiempo de los Reyes Católicos.” En el siglo XIX, sin embargo, ya es imposible recurrir a ideales periclitados y obsoletos. Ya no es posible que ni el honor ni la religión sirvan de amalgama a una sociedad próxima a fracturarse traumáticamente a causa de la  rebelión proletaria que se vislumbra en el horizonte:

“¿Contáis hoy vosotros —les pregunta Machado a los políticos—, no como individuos, sino como jefes de partido, con ideas lo bastante amplias y levantadas para responder de que no se quebrantará la unidad nacional el día, caso no lejano, en que el malestar social ponga el dogal al cuello de la mesocracia y rompa por completo los ya frágiles lazos que ligan al pueblo con la aristocracia y con las clases medias? ¿Créeis, acaso, que la fe católica, digna sólo de todo respeto cuando es sinceramente profesada, basta ya para operar el milagro que dio tan esclarecido renombre a Isabel I? ¿Créeis que el honor nacional, carácter predominante de las monarquías, según Montesquieu, basta en un pueblo que, cuando fue dueño de sus destinos, proclamó como forma de gobierno la República, para conservar incólume la unidad de la patria? ¿No os dice nada el pavoroso alejamiento y desvío del proletariado respecto a las demás clases y la falta de fe e indiferentismo político que reina en todas partes....?”

El diagnóstico que formula Machado de la situación política española resulta demoledor. La extrema fragmentación de los partidos en facciones minúsculas y personalistas revela la carencia de ideales elevados y verdaderamente nacionales, imposibilita la existencia de la nación como tal, necesariamente vertebrada en torno a un proyecto común, y la coloca fuera del concierto de las naciones civilizadas:

“La realmente bochornosa y ridícula nomenclatura de nuestros partidos políticos, que clasifica a los hombres en nocedalistas, canovistas, sagastinos, moretistas, martistas, zorrillistas, salmeronianos y pimargalistas, acusa [...] una completa carencia de estas ideas levantadas que imprimen a los pueblos fisonomía propia y les dan derecho a ocupar un puesto en el concierto de las naciones civilizadas.”

Entiende, pues, Machado que “vuestras discordias revelan una falta de ideales en el pueblo español”, y que este debe “buscar la medicina para sus males en su propia naturaleza”. El pueblo español, dirá poco más adelante, “si ha de curarse, necesita, como la primera de todas las condiciones, hacer un serio examen de conciencia y conocer su carácter y aptitudes, en las cuales, como en las condiciones de su suelo, hállanse todas las energías de que puede disponer para un regeneración y cura.” Y de ahí la  necesidad del Folk-Lore:

“...por él podemos estudiar las tradiciones —lo que hemos sido— y las costumbres —lo que somos aún—; por él estudiamos los sentimientos, ideas y creencias de nuestro pueblo; por él podemos, reconstituyendo científicamente nuestra  historia pasada, conocer y fijar el derrotero de nuestra historia venidera.”

El proyecto de constitución del Folk-Lore era, pues, una empresa científica, pero de calado político: se trataba de conocer España, la España profunda, para vertebrarla como nación. Este proyecto, no olvidemos que Machado provenía del krausismo, es decir, del nacionalismo armónico, según la expresión acuñada por Javier Varela,[1] revestía un carácter interclasista y un sesgo humanitarista, heredero del idealismo propio de la Ilustración:

“En esta obra se juntan los amantes de la tradición y los amantes del progreso; ella aproxima y obliga a tratarse a las distintas clases sociales y a los distintos países, juntándolos en una obra que despierta, patentizando la comunidad de las tradiciones, el amor y la fraternidad entre los pueblos...”

Hemos de ver, además, en esta idea del Folk-Lore como propuesta regeneracionista un aspecto más de la crisis de un destacado sector de la intelectualidad tras el fracaso de la Revolución de Septiembre y la llegada de la Restauración alfonsina.

Esta implicación político-social del Folk-Lore parece sobreponerse a veces al aspecto puramente científico:

“Un Folk-Lore central —le escribirá a Giuseppe Pitrè—, como sociedad no responde a nada, cuando más al lujo de que se cultive una nueva rama científica. Sin Folk-Lore hemos vivido y así podríamos vivir mucho tiempo. ¿Qué nos importa que el cuento tal proceda de la India y tal de Egipto? Poco o nada. Como obra de alta y seria política y de unificación del país pudiera ser muy grande. En España no hay unidad religiosa, algunos católicos, muchos hipócritas, algunos libres pensadores y la mayoría indiferente. En política tampoco hay unidad: unos monárquicos, otros republicanos, fraccionados todos. Sólo hay la unidad de la ignorancia y la desmoralización y una incomunicación intelectual completa de unas provincias con otras. Los catalanes se llaman de Cataluña. El Folk-Lore como lo he concebido podría ser medio de unificación, moralización y trato y afecto de unas provincias con otras.”

“Un Folk-Lore Central —le insiste al mismo Pitrè— no ofrece para mí interés alguno. Media docena de sabios más que a vuelta de algo bueno dirían muchas sandeces y explotarían el presupuesto de una nación que no tiene pan que llevarse a la boca. En mis Bases hay descentralización y unidad racionales: ni esta puede aborrecer aquella, ni aquella estorbar a esta. Hombres que trabajan en una misma obra patriótica buena y que contraen el deber de estar en comunicación continua, eso es un pueblo de unidad. Lo demás es la atrofia de muchos órganos a expensas de un órgano que funciona con exceso, o la desorganización total, que lleva igualmente a la muerte.”

Como vemos, el modelo organizativo de las sociedades de Folk-Lore propuesto por Machado no se adaptaba ni a uno ni a otro de los existentes. No era centrípeto, pero tampoco centrífugo. En realidad, Machado llevaba a la organización del Folk-Lore sus ideas sobre la República federal, ya fracasadas en la breve experiencia republicana de 1873, pero que él siguió sustentando con inquebrantable lealtad.

Tras la fundación del Folk-Lore Andaluz y del Folk-Lore Español, Machado, con toda su familia, se trasladó a Madrid en septiembre de 1883 con miras de lograr en la Corte más favorable campo para la difusión del Folk-Lore y la organización de sociedades regionales en toda España. No obstante, salvo en Castilla, Extremadura y Galicia, no pudo lograr su propósito. Tampoco consiguió que en el extranjero todos los estudiosos adoptasen el término “Folk-Lore” ni organizar un congreso europeo que diese paso a la sociedad folklórica correspondiente. Habiendo invertido su dinero —más bien el de su madre, doña Cipriana, que le ayudó en todo momento— y su salud en esta empresa que muchos juzgaban quimérica, Machado tuvo que abandonar sus actividades folkóricas. En este sentido, su última carta a G. Pitrè adquiere un desolado aire testamentario:

Yo vine, como V. sabe, a Madrid con la esperanza de arraigar en mi patria el estudio de las tradiciones populares, obra, a mi juicio, no sólo trascendental a la historia, sino hasta la misma política, que aquí por desdicha se consume en estériles personalismos y cuestiones de momento. Vine a esta creyendo que mi trabajo me produciría para vivir con modestia suma, pero sin necesidad de gravar a nadie. Mi madre, únicamente, que tiene madera de héroes, me animó en la empresa, y me facilitó, a costa de toda clase de sacrificios, los medios necesarios para vivir dos años. V. sabe lo que trabajé y la propaganda que hice en La Época, El Imparcial, El Progreso, Revista de España, El Globo, Boletín de la Institución, La América, etc., etc. V. sabe que la Biblioteca ha publicado once tomos. V. sabe que se creó el Folk-Lore Castellano, el Gallego, el Catalán, que se habla de la formación de otros, etc. Pues bien, a los dos años, terminado el plazo que, de acuerdo con mi madre, me había fijado, y no consiguiendo ni siquiera ya que insertaran mis artículos con gratitud, agotados los recursos y perdidas las esperanzas de que la iniciativa particular hiciese nada, me dirijo al Estado —es imposible campaña más leal que la mía en El Imparcial, que es aquí el periódico de más circulación en España. Lo dije bajo mi firma: si el país no responde, acudiré al Gobierno, si este no responde tampoco, al extranjero. Creo que la Institución del Folk-Lore es un bien y he de utilizar en pro de ella todos los recursos humanos que sean dignos y decorosos.

El Estado, el gobierno, estuvo más atento que el país en general, pero, en concreto, hasta ahora, nada hizo, ha hecho ni se propone hacer. Mi madre y yo hemos sido desairados en todas partes. Ella, tan noble y tan buena, ¡ira de Dios!

Las Academias de la Lengua y de la Historia informaron favorablemente sobre la Biblioteca. Han pasado tres años, y el Ministro no ha tenido la ocasión de resolver; se acordó la creación de un Museo folklórico en el Ayuntamiento de Madrid, hace cerca de tres años, y aún no han tenido tiempo de llevar una mesa y una silla al local.

En vista de todo esto, me dediqué a buscar trabajo para dar un pedazo de pan a mis hijos; pero las gentes me decían con sorna: “V., al Folk-Lore; V. no es hombre práctico, zapatero a tus zapatos; es una lástima que deje V. los estudios folklóricos ahora..., etc.” en esta época escribí a V. pidiéndole trabajo. V. me envió una correspondencia de Italia. Por entonces, poco después, dejamos de escribirnos. No sé si entonces, por hidalgas susceptibilidades, que la desgracia agigantó, me pareció vislumbrar tibiezas en su afecto, que yo creí nacidas de diferencias de criterio político entre nosotros. Contesté a todas las cartas de V. que no tengo en estos momentos la virtud de repasar?. V. dejó de escribirme; no me piqué lo más mínimo, no me ofendí, pero mi nueva vida de trabajador de lo que caiga, y hasta de pretendiente, eso sí, siempre altivo, de destinos no políticos, me abrumaban y consumían el tiempo. Dejé de escribir a todo el mundo y expliqué a Alejandro que a todos pidiera perdón en mi nombre por mi silencio. No sé cómo él ha ejecutado el encargo, pero sé que, con leves excepciones, nadie me escribe ya. Hacen bien; a nadie me quejo.

Durante este tiempo he trabajado con Benot[2] en una Enciclopedia que suspendió sus trabajos; me daba quince duros al mes, menos que a un peón de albañil. He copiado escrituras del siglo pasado en el Registro de la Propiedad, donde ganaba treinta duros al mes; he traducido la Antropología de Tylor, lo que me ha valido cinco mil reales; estoy corrigiendo la Folk-Medicine, que he traducido por dos mil reales; he escrito una serie de artículos en El Motín, que nada me han producido; he contribuido a la publicación de un libro de Cantes flamencos al que puse un prólogo y en la actualidad, en que estoy mejor, gano cincuenta duros mensuales en el periódico La Justicia que comenzó en primero de enero.

Me he entrampado en estos años; mi madre puede auxiliarme ya muy poco y ha mermado su pequeño capital; mi pobre padre, que vive con nosotros y cobra tres mil seiscientos reales de sueldo, con los que pasaría una vejez dichosa (tiene setenta años) necesita todo su sueldo para cubrir compromisos anteriormente contraídos y apenas le queda para su manutención. Mi madre vive con un hermano suyo, loco, en Sevilla, y pasa medio año con nosotros. En el periódico en que trabajo ponen toda clase de obstáculos jesuíticamente en mi camino a fin de que no desenvuelva ideas nobles y generosas. La renovación y mejora de nuestra detestable vida [, sin brújula]. Mi salud se ha quebrantado mucho. Mi hijo Manuel ha estado gravemente enfermo. Yo he perdido el conocimiento por dos ocasiones, y tengo una ulceración superficial en la pierna derecha, síntoma de una diátesis hepática y debilidad medular[3] que creo me será fatal. Con nadie cumplo; a nadie tengo cabeza para atender. Mis hijos adelantan poco y pasan una vida amarga como yo. Tengo seis hijos y mi buena Ana, que está muy delicada, tiene temores de estar embarazada otra vez. Mi situación, pues, no es nada halagüeña, ni para sabida por nadie.”

En estas circunstancias, se embarca para Puerto Rico, en busca de mejor fortuna, intentado ejercer allí su profesión de abogado, a primeros de agosto de 1892. Pero, cuando aún no ha transcurrido un año de su estancia, enferma, o se agrava su enfermedad, por lo que regresa a España, acompañado de su cuñado Manuel Ruiz. Tras desembarcar en Cádiz, se aloja en Sevilla en casa de sus cuñados, adonde llega su esposa, Ana Ruiz, desde Madrid, apenas con tiempo para verlo fallecer el cuatro de febrero de 1893, a los cuarenta y siete años de edad.

 

4.  LOS FOLKLORISTAS ANDALUCES

 

¿Quiénes fueron los folkloristas andaluces? La respuesta no es del todo fácil, ya que la nómina puede variar, según sea el concepto que tengamos de “folkloristas”. La mayoría de los colaboradores de El Folk-Lore Andaluz y de la Biblioteca de las tradiciones populares españolas fueron simples colectores, y muchos de ellos sólo fueron colaboradores ocasionales de la revista (tal puede ser el caso, por ejemplo, de un Sales y Ferré). En realidad, puede decirse que muy pocos —en Andalucía, quizá sólo A. Guichot y Sierra— comprendieron o compartieron el innovador concepto machadiano de Folk-Lore y menos aún sus implicaciones sociales. Algunos abiertamente discreparon (es el caso de José María Sbarbi). Otros se limitaron a recoger y documentar textos y costumbres populares, más en la estela del costumbrismo romántico (Luis Montoto) o de un positivismo romo (Rodríguez Marín) que en la línea preconizada por Machado, lo que no quiere decir que su obra no sea en extremo valiosa, incluso hoy día. Reseñamos aquí —independientemente— de su acuerdo mayor o menor con Machado— aquellos cuya obra nos parece más relevante por su significación teórica o por sus aportaciones documentales.

4.1. ANTONIO MACHADO Y NÚÑEZ (Cádiz, 1812- Madrid, 1896). Nacido en una familia de adinerados comerciantes gaditanos (pero oriundos de Portugal), recibió una esmerada educación y, luego de una estancia por tierras americanas en las que visitó Guatemala (donde vivía su hermano Manuel), El Salvador y Cuba, completó sus estudios médicos y científicos en la Universidad de la Sorbona de París. Ya de vuelta en España, ocupó diversas cátedras —en Cádiz, Santiago de Compostela, Sevilla, Madrid— y jugó un papel importante en la difusión de las por entonces heterodoxas e innovadoras teorías del naturalista británico Charles Darwin. Importante fue asimismo su actuación política en el período comprendido desde la revolución de septiembre de 1868, que destronó a Isabel II, hasta la Restauración canovista. En esa etapa ocupó los cargos de Rector de la Universidad, Alcalde y Gobernador civil de la provincia de Sevilla. Posteriormente, ya con la Regencia de María Cristina, figuraría como presidente del comité provincial de Sevilla del partido democrático-progresista de Cristino Martos, partidario de la fórmula republicana, aunque enemigo de toda acción revolucionaria. En 1848 había ingresado en la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla, y en 1878 participó en la fundación del Ateneo hispalense, presidiendo la Sección de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. En 1871 pronunció el discurso inaugural de la Sociedad Antropológica Sevillana, del que él mismo era fundador, y que se encontraba dividida en tres secciones: Antropología Física, Antropología Psíquica y Antropología Social.

En 1881 participaría en la fundación de la Sociedad del Folk-Lore Andaluz, en cuya revista publicaría su ensayo “El Folk-lore del perro”, donde subrayaba la utilidad para la zoología de los datos y creencias populares sobre las especies animales y vegetales.

 

4.2. LUIS MONTOTO Y RAUTENSTRAUCH (Sevilla, 1851- 1929). Fue Cronista oficial de Sevilla y concejal por el partido conservador de Cánovas del Castillo. Poeta notable, escribió varios libros de versos, destacando especialmente en el género de cantares. Amigo íntimo de Machado y Álvarez, participó en la fundación de El Folk-Lore Andaluz. Como folklorista, su obra es escasa, pero muy valiosa: Los corrales de vecinos (1882), donde describe la vivienda popular sevillana, y Costumbres populares andaluzas (1883-1884), que publicó en la Biblioteca de las Tradiciones Populares Españolas.

 

4.3. FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN (Osuna, 1855- Madrid, 1943). Se licenció en Derecho y en Filosofía y Letras por la Universidad de Sevilla, ejerciendo como abogado tanto en la capital hispalense como en su ciudad natal. Poeta y erudito, sucedió a Menéndez Pelayo en la dirección de la Biblioteca Nacional, consagrándose como gran especialista en la literatura española del Siglo de Oro. Fue el propio Menéndez Pelayo quien contestó a su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua. Como folklorista, es autor de una obra monumental, no superada aún en muchos aspectos, los Cantos populares españoles (1882-1883), en siete volúmenes repetidas veces reeditados. fue además coleccionista de refranes, cuentos y comparaciones populares: Quinientas comparaciones andaluzas. Recogidas de la tradición oral y brevemente anotadas (Osuna, 1884), Los refranes del almanaque (Sevilla, 1896), etc...

 

4.4. JUAN ANTONIO DE TORRE SALVADOR (Guadalcanal, Sevilla, 1857- 1903) Realizó estudios de Derecho en Madrid y Sevilla, aunque no parece que llegara a terminarlos. Formó parte de la Sociedad de Bibliófilos Andaluces, así como del Ateneo y Sociedad de Excursiones de Andalucía. Entre 1886 y 1887 fue director de El Pacto, periódico de tendencia republicana que se editaba en Sevilla. Torre fue además destacado miembro de la masonería. Fundó la Sociedad del Folk-Lore de Guadalcanal, y en 1891 publicó Un capítulo del Folk-lore Guadalcanalense, que contiene fundamentalmente romances tradicionales y canciones infantiles, intentando reproducir la pronunciación popular. Para sus publicaciones folklorísticas utilizó el pseudónimo de “Micrófilo”.

 

4.5. ALEJANDRO GUICHOT Y SIERRA (Sevilla, 1859- 1941). Hijo del historiador y periodista Joaquín Guichot y Parody. Concejal republicano en el Ayuntamiento de Sevilla y Profesor de Dibujo. Fue sin duda el más estrecho colaborador de Machado y Álvarez, hasta el punto que éste se refería a él llamándolo “mi alter ego”. Según el profesor Rodríguez Becerra, “el gran esfuerzo que supuso la creación de las sociedades del Folk-Lore y la propia continuidad de los estudios folklóricos no hubiese sido posible sin la colaboración estrecha y firme de Alejandro Guchot y Sierra” (Rodríguez Becerra, 1986: 274). Sus publicaciones folklorísticas fueron  numerosas e importantes, apareciendo en diversas revistas, entre ellas en el Boletín Folkórico Español, que él mismo fundó y dirigió. Destaca entre todas una obra fundamental: la Noticia histórica del Folk-Lore. Orígenes en todos los países hasta 1890. Desarrollo en España hasta 1921 (Sevilla, 1922). Otras obras suyas de interés relativas al Folk-Lore son: Supersticiones populares andaluzas (1882), El mito del basilisco (1884), La montaña de los Ángeles (1896), Ciencia de la Mitología (1903) o Antroposociología (1911). Guichot se mostró también un adelantado del regionalismo protonacionalista a través del artículo publicado en la revista Bética titulado “Acerca del ideal andaluz” (1913), claro precedente del posterior libro de Blas Infante El Ideal Andaluz (1915).

 

4.6. JOSÉ MARÍA SBARBI (Cádiz, 1834- Madrid, 1910). Sacerdote, filólogo y musicólogo. Fue maestro de capilla y organista de la Catedral de Badajoz, pasando posteriormente a Sevilla, Toledo y, finalmente, Madrid. En enero de 1882 fundó en Madrid la Academia Nacional de las Letras Populares, presidida por Víctor Balaguer, en oposición a la Sociedad del Folk-Lore Español de Machado y Álvarez. Sobresale en su producción folklorística su dedicación a la paremiología, a través de los diez volúmenes de su Refranero General Español (1874-1878). En Madrid dirigió la publicación El Averiguador Universal (1879-1882). Fue amigo de Machado y Álvarez, pero las diferencias sobre el concepto y el término Folk-Lore, y el modelo organizativo territorial terminaron con su relación.

 

4.7. OTROS FOLKLORISTAS. Cabe destacar también a otros colaboradores de la revista, como la propia madre de Demófilo, Doña Cipriana Álvarez Durán, el hebraista urasonense Antonio María García Blanco, el Director de la Real Academia sevillana de Buenas Letras José María Asensio y Toledo o el jurista y político onubense Fernando Belmonte Clemente, colector, como Machado, de cantes flamencos. En la estela de los estudios folklóricos pueden situarse también autores como Benito Mas y Prat (La tierra de María Santísima), Agustín Aguilar y Tejera (recopilador y estudioso de las saetas), Manuel Díaz Martín (recolector de “piropos”, modismos populares y maldiciones gitanas)..., e incluso  Rafael Cansinos Assens, autor de un importante ensayo sobre La copla andaluza, donde se refiere al “gran folklorista Sr. Machado y Álvarez”.

 

 

5. Disolución y pervivencia del Folk-Lore. Hacia una nueva valoración

 

 

¿Puede hablarse de un fracaso del Folk-Lore? Si nos atenemos a los datos históricos, el Folk-Lore Andaluz fue un completo fracaso, en la medida en que sólo logró constituir sociedades en las provincias de Sevilla y Cádiz, permaneciendo ajenas todas las demás andaluzas. Tampoco el Folk-lore Español llegó a funcionar tal y como estaba previsto, creándose tan sólo Sociedades de vida efímera en Castilla, Extremadura, Galicia y Asturias. Ya sabemos que Machado y Álvarez, falto de apoyos y completamente desalentado, tuvo que seguir el camino de la emigración. Con su muerte, dice Alejandro Guichot y Sierra, “tuvimos que suspender las Revistas y la Biblioteca; se deshicieron las sociedades; se enfrió el movimiento iniciado.”

Ciertamente, si el concepto teórico de Folk-Lore sustentado por Machado y Álvarez parece irreprochable (y aún hoy día asumible, con las actualizaciones pertinentes), su modelo organizativo no carecía de contradicciones. Nunca, por ejemplo, quedó bien resuelta la mediación entre proyecto político y proyecto científico. El Folk-lore se desarrolló fuera del ámbito universitario y docente y, a pesar de que Machado intentó siempre incorporar a personas de signo conservador o monárquico —en clara utilización estratégica, como reconoce en sus cartas—, lo cierto es que sus propias posiciones políticas e ideológicas levantaron suspicacias y recelos en otros sectores: al final, serían sólo aquellos que compartían sus ideas republicanas y federalistas, como A. Guichot o E. Olavarría, los que se le mostrarían fieles colaboradores.

Otro elemento que habría de resultar contradictorio y, a la postre, paralizante, sería su concepción federalista de la Sociedad del Folk-lore Español. Machado, que buscaba a través del Folk-Lore un nuevo fortalecimiento de la unidad nacional (“mi deseo —le escribe a J. Costa— no es formar Folk-lores regionales sino el Español por medio de los regionales, lo cual no es lo mismo”), no supo ver que la federalista era una “tercera vía” imposible —jurídica e históricamente— en un país como España, donde no existían soberanías previas. Su intento de extender el Folk-Lore a las regiones tropezó con la oposición de unos movimientos más interesados en inventar supuestas identidades “nacionales” periféricas que en construir una nueva identidad española. Un caso paradigmático fue el de Galicia, donde primero intentó que fuese Murguía el fundador del Folk-lore, pero al decantarse éste por el racialismo (por no decir racismo) céltico, Machado tuvo que teledirigir —no pequeña paradoja en un proyecto “federal”— la Sociedad de El Folk-Lore Gallego a través de la escritora Emilia Pardo Bazán. Algo parecido ocurrió en el caso de Asturias. El federalismo machadiano no sólo encerraba contradicciones de tipo histórico (¿cuándo habían sido soberanas esas regiones?) o jurídico (¿cómo volver federal un estado previamente unitario?) sino también de orden práctico, de cara a la consolidación del proyecto. Así lo reconocía el propio Alejandro Guichot, con la reflexión que dan los años transcurridos, al hacer su balance en 1922: “la experiencia posterior enseñó que, por entonces, en el orden administrativo hubiera resultado mejor una sola sociedad general en vez de las regionales y locales que se crearon, y en el orden de la investigación resultó que el fruto de la labor colectiva fue escaso y el de la individual fue superior y relativamente notable.” (Guichot y Sierra, 1922: 204-205).

Fue, a la postre, esa obra individual, centrada en la recolección de materiales y en su estudio comparativo, pero también, como en el caso de Machado y Álvarez, en la elaboración de un discurso teórico, lo más valioso y duradero del proyecto folklorista. Ahí quedan los once tomos de la Biblioteca de las Tradiciones Populares Españolas; los materiales, noticias, estudios y bibliografías recogidos en El Folk-Lore Andaluz y en el Bético-Extremeño; los Cantos populares de Rodríguez Marín; Los corrales de vecinos y las Costumbres populares andaluzas de Montoto; los Cantes flamencos y las Adivinanzas de Machado y Álvarez... Y muchos otros textos que hoy sirven de referencia imprescindible para cualquier estudioso —antropólogos, etnógrafos, historiadores, filólogos...— de la cultura popular española y andaluza y, por qué no decirlo, también de la cultura popular del occidente europeo.


BILIOGRAFÍA

 

 

Estudios

 

 

Aguilar Criado, E.: Cultura popular y Folk-Lore en Andalucía. Los orígenes de la Antropología, Sevilla, Diputación provincial, 1990.

 

Aguilar Piñal, F.: “El abuelo de los Machado en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras”, en Ínsula, núm. 279 (1970).

 

Álvarez Santaló, R.: Rodríguez Marín, periodista (1880-1886),  Sevilla, Fundación Cultural García Blanco del Ayuntamiento de Osuna, 1993.

 

Ara Torralba, J. C.: “Del Folk-Lore a la acción política. Tres calas en el pensamiento de Joaquín Costa a través de sus corresponsales (A. Machado [y Álvarez], R. Salillas, P. Dorado), en Anales de la Fundación Joaquín Costa, 13 (1996), pp. 7-208.

 

Baltanás, E.: “El Folk-Lore como empresa europea y proyecto nacional en el siglo XIX: cuarenta y ocho cartas inéditas de Antonio Machado y Álvarez a Giuseppe Pitrè (más un artículo desconocido de Demófilo)”, en Demófilo. Revista de Cultura Tradicional de andalucía, núms. 33-34 (2000), pp. 221-296.

 

Baltanás, E. y S. Rodríguez Becerra: “La herencia rechazada. Antonio Machado y Álvarez y el clima intelectual del 98”, en Revista de Antropología de la Universidad Complutense, 7 (1998), pp. 215-229.

 

Barrios, M.: La Sevilla de...Machado y Álvarez, Sevilla, Servicio de Publicaciones de la Obra Social de la Caja Rural, 1981.

 

Bernal Rodríguez, M.: “Demófilo, un intelectual a la altura de su tiempo”, en VV. AA. La Andalucía de Demófilo, Madrid, Electa, 1993, pp. 46-51.

 

Brotherston, J. G.: “Antonio Machado y Álvarez and Positivism”, en Bulletin of Hispanic Studies, XLI, 4 (1964), pp. 223-229.

 

Aguirre Baztán, Á. (dir.), La Antropología cultural en España, Barcelona, PPU, 1986.

 

Castera, Michèlle: Antonio Machado y Álvarez, l’homme et l’oeuvre, Paris, Faculté des Lettres, 1970 (Mémoire inédit pour le D.E.S. Directeur de recherches: m. Ch. V. Aubrun).

 

Carvalho Neto, P.: La influencia del Folk-Lore en Antonio Machado. Córdoba, Ediciones Demófilo, 1975.

 

Chabrán, R.: “Antonio Machado y Núñez and Antonio Machado y Álvarez: A family of progressive nineteenth century intellectuals” en Asclepio, vol. XXXVI (1984), pp. 305-324.

 

Gómez Yebra, A.: “Actualidad de los elementos folclóricos recopilados por Fernán Caballero”, en M. Fernández Poza y M. García Pazos (eds.), Actas del Encuentro Fernán Caballero, hoy, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento, 1998, pp. 67-88.

 

Hoces Bonavilla, Sabas de: “Demófilo, ese desconocido”, en Revista de Folk-Lore, núm. 7 (1981), pp. 23-30.

 

Jiménez Benítez, J. R.: La sociología andalucista de Alejandro Guichot, Sevilla, Fundación Blas Infante, 1990.

 

López Álvarez, J.: El krausismo en los escritos de Antonio Machado y Álvarez, “Demófilo”, Cádiz, Universidad, 1996.

 

Moreno Navarro, I.: “Don Antonio Machado y Álvarez y la antropología andaluza”, en VV. AA. La Andalucía de Demófilo, Madrid, Electa, 1993, pp. 20-29.

 

Navascués, J. M. de: “El Folk-Lore español. Boceto histórico”, en F. Carreras Candi, Folk-Lore y costumbres de España, t. I,  Barcelona, Casa Editorial Alberto Martín, 1931, c. 3, pp. 25-30 y c. 10, pp. 153-164.

 

Ortiz García C. y L. Á. Sánchez Gómez (eds.), Diccionario histórico de la Antropología española, Madrid, CSIC, 1994.

 

Pineda Novo, D.: Antonio Machado y Álvarez. Vida y obra del primer flamencólogo español, Madrid, Cinterco, 1991.

 

_____________: “Cartas inéditas de Antonio Machado y Álvarez, Demófilo”, en El Folk-Lore Andaluz. Revista de cultura tradicional, núm. 10 (1993), pp. 15-89.

 

 

Rodríguez Becerra, S.: “Etnografía y Folk-Lore en Andalucía”, en Á. Aguirre Baztán (dir.), La Antropología cultural en España, Barcelona, PPU, 1986, pp. 267-319.

 

_________________:  “La Revista El Folk-Lore Andaluz  y la Biblioteca de Tradiciones Populares”, en VV. AA. La Andalucía de Demófilo, Madrid, Electa, 1993, pp. 62-67.

 

________________: “La obra folklórica de Luis Montoto: aportaciones a la historia de la Antropología Cultural española”, en Actas del II Congreso de Antropología, Madrid, Ministerio de Cultura, 1984.

 

Sama, J. de: “Don Antonio Machado y Álvarez”, en Boletín de la Institución Libre de Enseñanza,  año XIII, núm. 389 (1893), pp. 125-128.

 

Sanchiz Ochoa, P.: “Antonio Machado y Álvarez y la antropología en Andalucía”, en  L. Calvo y Calvo (ed.), Aportacions a la història de l’antropologia catalana y hispànica, Barcelona, Generalitat de Catalunya, 1993, pp. 250-259

 

Santoyo, J. C.: “Antonio Machado Álvarez, traductor de lengua inglesa”, en Antonio Machado hoy. Actas del Congreso internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado, Sevilla, Alfar, 1990, t. III, pp. 289-297.

 

Sendras y Burín, A.: “Antonio Machado y Álvarez (Estudio biográfico)”, en Revista de España, XV, t. CXLI (1892), pp. 279-291.

 

Steingress, G.: Cartas a Hugo Schuchardt. La correspondencia inédita de los folkloristas y otros intelectuales españoles, Sevilla, Fundación Machado y Diputación Provincial de Badajoz, 1996

 

Trigueros Gordillo, G.: La Universidad de Sevilla durante el sexenio revolucionario (1868-1874), Sevilla, Servicio de Publicaciones de la Universidad, 1998.

 

Vázquez Medel, M. Á. y Á. Acosta Romero: “Demófilo, Antonio Machado y la poesía popular”, en Antonio Machado hoy. Actas del Congreso internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado, Sevilla, Alfar, 1990, t. I, pp. 151-159.

 

VV. AA.: En torno a Rodríguez Marín 1855-1943,Sevilla, Fundación Cultural García Blanco del Ayuntamiento de Osuna, Universidad de Sevilla y Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, 1993.

 

 

Textos

(Nota: sólo se recogen textos editados o reeditados en el siglo XX, y por tanto accesibles a cualquier lector).

 

Belmonte y Clemente, F.: Colección Belmonte de cantes populares y flamencos, Huelva, Diputación de Huelva, 1997. Edición de José Calvo González.

 

El Folk-Lore Andaluz [1882-1883], Madrid, Editorial Tres-Catorce-Diecisiete y Servicio de Publicaciones del Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1981. Edición e introducción de J. Blas Vega y E. Cobos.

 

El Folk-Lore Frexnense y Bético-Extremeño [1883-1884], Sevilla, Fundación Machado y Diputación provincial de Badajoz, 1988. Estudio preliminar de J. Marcos Arévalo.

 

Guichot y Sierra, A.: Noticia histórica del Folk-Lore. Orígenes en todos los países hasta 1890 y desarrollo en España hasta 1921, Sevilla, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, 1984 [1922], Estudio preliminar de J. R. Benítez.

 

Machado y Álvarez, A.: Colección de cantes flamencos recogidos y anotados por...., Sevilla, Portada Editorial, 1996. Edición de E. Baltanás. [A partir de la segunda edición, en Signatura Ediciones, Sevilla, 2000.]

 

__________________: Cantes flamencos y cantares. Colección escogida, Madrid, Austral, 1998. Edición e introducción de E. Baltanás.

 

__________________: Obras completas, Sevilla, Diputación provincial, en prensa.

 

Machado y Núñez, A.: Páginas escogidas, Sevilla, Servicio de Publicaciones del Excmo. Ayuntamiento, 1989. Edición de E. Aguilar Criado.

 

A. Machado y Álvarez, A. Machado y Núñez, R. Álvarez Sánchez Surga y F. de Castro, Cuentos y leyendas populares, Sevilla, Editorial Guadalmena, 1991. Edición de J. López Álvarez.

 

Montoto, L.: Costumbres populares andaluzas, Sevilla, Renacimiento, 1998.

 

­­__________: Por aquella calendas...Vida y milagros del magnífico caballero Don Nadie, Madrid, CIAP, 1930.

 

Rodríguez Marín, F.: Cantos populares españoles, Madrid, Atlas, 1981. 5 vols.

 

________________: Veinticuatro cuentos anecdóticos de Francisco Rodríguez Marín, Fundación Cultural García Blanco del Ayuntamiento de Osuna y CSIC, 1993. Edición de C. Herrera Tejada.

 

_______________: El alma de Andalucía en sus mejores coplas amorosas..., Madrid, Tipografía de Archivos,1929.

 

Schuchardt, H.: Los cantes flamencos (Die cantes flamencos, 1881), edición, traducción y comentarios de Gerhard Steingress, Eva Feenstra y Michaela Wolf, Sevilla, Fundación Machado, 1990.

 

Torre Salvador, J. A. de, “Micrófilo”: Un capítulo de folk-lore guadalcanalense, Sevilla, Guadalmena, 1991, col. “Textos andaluces”, núm. 15. Edición e introducción de P. M. Piñero Ramírez y E. Baltanás.

 

 



[1] Javier Varela, La novela de España, Madrid, Taurus, 1999, p. 77 y sgtes.

[2] Eduardo Benot (1822-1907), autor de una Gramática General y de un Diccionario de ideas afines, había sido ministro durante la I República. Ayudaría más tarde a los hijos de Demófilo, tras el fallecimiento de este. Cfr. Miguel Pérez Ferrero, Vida de Antonio Machado y Manuel, Madrid, Espasa Calpe, 1973, col. Austral, p. 41.

[3] El parte médico oficial, el 4 de febrero de 1893, señalaría “esclerosis medular” como causa del fallecimiento. Véase Pineda Novo (1991: 324). Bernard Sesé (Antonio Machado (1875-1939). El hombre. el poeta. El pensador, Madrid, Gredos, 1980, vol. I, p. 36 dice que “regresó tuberculoso” de Puerto Rico. La terminología médica del XIX es lo suficientemente imprecisa para que, hoy por hoy, sepamos exactamente qué padecimientos llevaron prematuramente a la tumba a Machado y Álvarez.